Entrevista

La paz bajo ataque: entrevista a Oliver Richmond. Peace-washing y recentralización de la violencia en el nuevo Orden Internacional Autoritario

Peace under attack: interview with Oliver Richmond. Peace-washing and the recentralization of violence in the new Authoritarian International Order

A paz sob ataque: entrevista com Oliver Richmond. Peace-washing e recentralização da violência na nova Ordem Internacional Autoritária

Esteban A. Ramos Muslera
Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), Honduras
Roberta Holanda Maschietto
Universidade de São Paulo, Brasil

La paz bajo ataque: entrevista a Oliver Richmond. Peace-washing y recentralización de la violencia en el nuevo Orden Internacional Autoritario

Revista Latinoamericana Estudios de la Paz y el Conflicto, vol. 7, núm. 13, pp. 191-221, 2026

Universidad Nacional Autónoma de Honduras

Recepción: 22 Diciembre 2025

Aprobación: 23 Diciembre 2025

Resumen: Oliver Richmond (1970) es un reconocido académico británico en Relaciones Internacionales y Estudios de Paz y Conflicto, profesor en la Universidad de Manchester y con cátedras en instituciones de Irlanda, Corea, Escocia y Chipre. Su obra ha marcado la discusión contemporánea sobre la paz crítica, post-liberal y las formas locales de agencia en contextos de guerra y posguerra. Galardonado en 2019 como Distinguished Scholar por la International Studies Association, Richmond combina una sólida trayectoria académica con un trabajo de campo extendido en regiones atravesadas por el conflicto, desde Timor-Leste hasta Colombia. Editor de la serie Rethinking Peace and Conflict Studies y de la revista Peacebuilding, su pensamiento propone una relectura de la arquitectura internacional de la paz y de las lecciones que emergen desde abajo, en las resistencias y prácticas comunitarias. En esta entrevista, el autor reflexiona sobre los desafíos de imaginar futuros de paz más allá de los modelos hegemónicos, atendiendo tanto a las grietas del orden global como a la creatividad social que insiste en abrir horizontes de convivencia.

Palabras clave: Paz, conflicto, transformación social, peace-washing, violencia.

Abstract: Oliver Richmond (1970) is a renowned British academic in International Relations and Peace and Conflict Studies, a professor at the University of Manchester, and holds chairs at institutions in Ireland, Korea, Scotland, and Cyprus. His work has shaped contemporary discussions on critical, post-liberal peace and local forms of agency in war and post-war contexts. Awarded Distinguished Scholar by the International Studies Association in 2019, Richmond combines a solid academic career with extensive fieldwork in conflict-ridden regions, from Timor-Leste to Colombia. Editor of the Rethinking Peace and Conflict Studies series and Peacebuilding magazine, his thinking proposes a reinterpretation of the international architecture of peace and the lessons that emerge from below, in community resistance and practices. In this interview, the author reflects on the challenges of imagining futures of peace beyond hegemonic models, addressing both the cracks in the global order and the social creativity that insists on opening horizons for coexistence.

Keywords: Peace, conflict, social transformation, peace-washing, violence.

Resumo: Oliver Richmond (1970) é um renomado acadêmico britânico em Relações Internacionais e Estudos sobre Paz e Conflito, professor na Universidade de Manchester e com cátedras em instituições na Irlanda, Coreia, Escócia e Chipre. Seu trabalho marcou a discussão contemporânea sobre a paz crítica, pós-liberal e as formas locais de agência em contextos de guerra e pós-guerra. Premiado em 2019 como Distinguished Scholar pela International Studies Association, Richmond combina uma sólida trajetória acadêmica com um extenso trabalho de campo em regiões atravessadas por conflitos, de Timor-Leste à Colômbia. Editor da série Rethinking Peace and Conflict Studies e da revista Peacebuilding, seu pensamento propõe uma releitura da arquitetura internacional da paz e das lições que emergem de baixo, nas resistências e práticas comunitárias. Nesta entrevista, o autor reflete sobre os desafios de imaginar futuros de paz além dos modelos hegemônicos, atendendo tanto às fissuras da ordem global quanto à criatividade social que insiste em abrir horizontes de convivência.

Palavras-chave: Paz, conflito, transformação social, peace-washing, violência.

ILUSTRACIÓN
ILUSTRACIÓN

Oliver Richmond

Alejandro Castellanos (@stupidgiant) para Revista Latinoamericana Estudios de la Paz y el Conflicto.

ENTREVISTA / VERSIÓN EN ESPAÑOL

Esteban A. Ramos Muslera (EARM): Muchas gracias por aceptar nuestra invitación. Es para nosotros un honor. Tal como has señalado en trabajos previos (Richmond, 2022) —y en el artículo publicado en este mismo número de ReLaPaC (Richmond, 2026)—, las herramientas existentes para el establecimiento de la paz en el orden internacional afrontan obstáculos estructurales que exigen un rediseño de la Arquitectura Internacional de la Paz. ¿Cómo evaluarías la eficacia de esta arquitectura ante los conflictos violentos en curso, como la guerra entre Rusia y Ucrania y el genocidio en Gaza, y cuáles son los principales riesgos que enfrenta ante el avance, aparentemente imparable, del Orden Internacional Autoritario de cuño imperialista? En este contexto, ¿qué reformas e innovaciones en la Arquitectura Internacional de la Paz son más urgentes y prioritarias en este momento?

Oliver Richmond (OR): Gracias por invitarme; ¡el gusto es mío!

Mi comprensión de la arquitectura de la paz que se fue construyendo principalmente en Occidente y se globalizó tras la Segunda Guerra Mundial y después del fin de la Guerra Fría, es que estuvo impulsada en parte por la agencia social, los movimientos y el conocimiento sobre la guerra y la paz, lo cual también se alineó con los intereses de las élites para poner fin a las grandes guerras. Así, mientras que esto último era, obviamente, muy provinciano, lo primero fue mucho más diverso. La arquitectura internacional de la paz era muy eurocéntrica, pero tenía múltiples capas y se fue acumulando como sedimentos, casi como una arqueología. La infraestructura, por su parte, era pluralista y se formó socialmente, aprendiendo de la experiencia de la guerra acerca de la naturaleza de la paz.

La arquitectura internacional de la paz tuvo que apoyarse en los mecanismos de poder del militarismo, la diplomacia y la intervención, así como en la construcción de alianzas y la mediación. Todos estos sistemas tempranos procuraron minimizar la violencia en la versión occidental, imperial y estatocéntrica del orden, desplazando la violencia política hacia los márgenes del sistema internacional durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX. Lo hicieron tratando, a la vez, de conservar un mínimo de legitimidad ante sectores locales en sociedades afectadas por el conflicto.

En paralelo, la atención académica se centró a menudo en aprovechar las lecciones derivadas de escuchar el conocimiento y las perspectivas de la comunidad académica, de una sociedad civil global embrionaria y de los movimientos sociales locales. Esto se enfocó, con frecuencia, en cómo abordar las deficiencias de ese sistema formal de establecimiento de la paz en las escalas estatal e internacional, y en cómo corregirlas y ampliarlas. De ese proceso surgió el marco de la paz liberal, que exigía integrar la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos, la sociedad civil y el desarrollo en el establecimiento de la paz dentro de un orden internacional liberal emergente.

A finales del siglo XX el sistema de la ONU, el sistema de donantes y las redes de sociedad civil global pudieron utilizar este marco como plataforma tanto para la crítica como para su ulterior perfeccionamiento. Cuanta más reflexión hubo a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, en particular desde abajo, por parte de ciudadanos afectados por conflictos, más evidentes se hicieron las carencias de la paz liberal. A medida que aumentaban las reivindicaciones políticas de los sujetos subalternos, los principales Estados que habían respaldado la versión más tardía de la construcción de la paz liberal también empezaron a replegarse, eludiendo sus responsabilidades en el mantenimiento y mejora de un orden internacional pacífico: en la práctica, retiraron financiación a la ONU, a los derechos humanos, a la democratización, a los movimientos sociales y al desarrollo. Desde el 11-S, hemos visto los resultados catastróficos de este abandono de la paz liberal en Iraq y Afganistán. Los problemas se han agravado más recientemente con los intentos tibios (o, peor aún, de blanqueo de la paz o peacewashing) de abordar las guerras de Siria, Ucrania, Gaza y otras, como en la República Democrática del Congo y Sudán, por parte de un orden internacional multipolar y fragmentado. Este orden ha ido acompañado de un gran aumento de la guerra, la violencia y el desplazamiento.

Por el contrario, la paz liberal fue, en muchos sentidos, una buena plataforma sobre la cual construir una paz más amplia y nos proporcionó, probablemente, la arquitectura de paz más exitosa que habíamos visto en la historia. Incluyó a más personas y les habilitó para expresarse y formular reivindicaciones políticas, reclamaciones indígenas, demandas de desarrollo y de justicia, y, más tarde, reivindicaciones de justicia intergeneracional, sostenibilidad y justicia de género. Tenía, claramente, gran potencial, pero no estaba abierta a la reforma, como evidencia el interminable debate sobre la reforma de la ONU. En consecuencia, hemos observado fracasos reiterados a la hora de abordar esas nuevas reclamaciones surgidas tras el fin de la Guerra Fría. Ha habido una reacción muy conservadora contra el sistema de paz liberal, especialmente cuando comenzó a desarrollar rasgos híbridos, cotidianos y posliberales, aun cuando (o quizá porque) cuestionaba el nacionalismo y la centralidad no solo de la violencia directa, sino también de las formas de violencia estructurales, culturales, lingüísticas, de género y medioambientales.

A medida que los debates sobre la paz se ampliaban durante los últimos 35 años, vimos una complejidad creciente. El entorno de políticas y el entorno intelectual dejaron de ser tan occidentales como durante la Guerra Fría y se ampliaron para incluir grandes regiones del Sur Global. Desde luego, el establecimiento de la paz en un orden internacional complejo es mucho más difícil que el tipo de peacemaking que habíamos visto antes, centrado en el equilibrio de poder, el imperio, el Estado o el mantenimiento de la estabilidad dentro de un sistema sociopolítico de estratificación aguda. Sin embargo, el establecimiento y la construcción de la paz contemporáneos siguen dominados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, por el modelo surgido al final de la Guerra Fría y por la centralidad aún anacrónica de la soberanía territorial como principio organizador de la paz y del orden político. Por supuesto, la centralidad del capital global y, ahora, las nuevas tecnologías, con sus tendencias extractivas, han empezado a desplazar este marco.

A medida que, en la evolución de la arquitectura internacional de la paz, la pacificación se desplazó hacia lo local, subalterno y en red —en respuesta a la creciente correlación entre paz y justicia y, en consecuencia, con las víctimas de la guerra y la violencia. Estas últimas comenzaron a organizarse e implicarse política e intelectualmente, respaldadas por la plataforma de la paz liberal. Pero, cuantos más desafíos planteaba esa implicación, más difícil resultaba responder a ellos debido a estructuras de poder muy arraigadas: imperialistas, capitalistas, estratificadas, jerárquicas, etc.

La producción académica y el tipo de doctrina de políticas que vemos emerger en la documentación de la ONU, desde las Agendas para la Paz, la Democratización y el Desarrollo en la década de 1990, la Responsabilidad de Proteger (R2P) y, más tarde, Mujeres, Paz y Seguridad, se volvieron —dudo en llamarlas “letra muerta” en la práctica— cada vez más inverosímiles. Esto se debió y se debe a que los líderes políticos y los electores siguen aferrados a la soberanía territorial, el nacionalismo y a formas acotadas de política dentro de una jerarquía global existente. Esto se ha convertido en una forma de contrapaz en términos de política y producción de conocimiento, lo que implica que, en la práctica, no podían implementar ninguna de las nuevas investigaciones sobre paz y conflicto, aunque se adoptaran doctrinalmente (como es el caso de la Agenda de Sostenimiento de la Paz de la ONU). Las poblaciones del Norte Global también empezaron a cuestionar las responsabilidades que esa agenda colocaba sobre sus hombros. Las poblaciones receptoras cuestionaban, asimismo, la legitimidad de vincular la praxis de paz con el mantenimiento del modelo pos-Iraq de construcción del Estado y estabilización del orden internacional, regional y local. Esto, como se vio con la guerra de Siria, condujo al colapso del vínculo entre el establecimiento de la paz y el liberalismo. La praxis de paz ahora requiere cambio estructural, algo que el sistema internacional en sí mismo impide.

Estamos ahora en una situación en la que la Arquitectura Internacional de la Paz (el foco de mi monografía de 2022) está en estancamiento. Como resultado, estamos viendo una inversión del resultado de la Guerra Fría (es decir, el modelo de paz liberal) hacia una versión más autoritaria y revisionista del establecimiento de la paz (que traslada a las víctimas los costes de una paz negativa, habilita la violencia como herramienta de la geopolítica y socava los derechos y la sociedad civil en favor del poder de las élites y de proyectos digital-imperiales).

Volviendo a mis comentarios previos, en el pasado, cuando un sistema fracasaba reiteradamente de este modo y se volvía moribundo, las innovaciones tendían a provenir de una combinación de sociedad civil y movimientos sociales, academia y el compromiso dedicado —a menudo desde abajo, pero también desde ciertos círculos de élite y de política pública—. El objetivo era comprender las formas de violencia que se producían por los fallos de ese sistema. La academia dominante y quienes formulan políticas respondían e implementaban esas innovaciones estratégicas solo en última instancia, lo que significaba que la reforma táctica de la Arquitectura Internacional de la Paz era lenta, reactiva, de pequeña escala y orientada sobre todo a renovar las estructuras de poder existentes.

Esto significa que toda la arquitectura internacional de la paz tendría que colapsar antes de que nuevas formas de pensar —digamos, formas ampliadas de mantenimiento de la paz (peacekeeping), construcción de la paz (peacebuilding) y mediación que involucren a la sociedad civil, sienten a liderazgos locales en la mesa, promuevan la inclusión y vinculen la paz con los distintos elementos de la justicia global (por ejemplo, sus dimensiones históricas, distributivas, de género, raciales y medioambientales)— se implementen en la práctica. Estamos viendo esta dinámica con el colapso del Orden Internacional Liberal y de sus herramientas de establecimiento y mantenimiento de la paz, y su sustitución por versiones autoritarias y geopolíticas (en la práctica, en su mayoría, de peacewashing). Trabajar dentro del sistema existente implica producir renovaciones tácticas del peacemaking, como hemos visto desde 1990. Las innovaciones más sustantivas y preventivas solo surgieron como respuesta a los hallazgos científicos cuando el sistema vigente hubo fracasado.

Estamos nuevamente en un momento similar a ese. Es inevitable que cualquier innovación en el orden internacional tenga que empezar a incorporar estos nuevos hallazgos científicos, ya que las versiones autoritarias de gestión de conflictos y del Orden Internacional Autoritario también fracasarán —véase, entre otros, mi artículo reciente en International Affairs (Richmond, 2025). Las innovaciones (más que renovaciones) pueden basarse en las plataformas del pasado, pero deben enfrentar los cambios radicales y estructurales que la paz y la justicia señalan como necesarios. Esto incluye, ante todo, las reivindicaciones locales y subalternas de una paz con justicia global (es decir, avanzar muy por encima de los modelos tempranos de la paz del vencedor o de la paz liberal), una demanda común en sociedades afectadas por conflictos y en procesos de paz en todo el mundo. Igualmente común es la facilitad con la que han sido ignoradas, lo cual, por ejemplo, ha deslegitimado al Orden Internacional Liberal y su versión de paz, y hará lo mismo con el Orden Internacional Autoritario. El trabajo sobre la paz cotidiana y la paz híbrida ha empezado a esbozar este proceso, nutriéndose de críticas poscoloniales, posthumanas, ambientales, entre otras.

Para resumir muy brevemente estos rasgos, diría que, en lugar de la paz del vencedor y en lugar de la paz liberal, debemos responder a las demandas de una red global de actores y pensadores, a menudo subalternos, además de algunos responsables de políticas públicas que ponen en primer plano esta cuestión clave de la paz con justicia global. La paz con justicia global representa un avance sustantivo respecto de la paz del vencedor o de la paz liberal (con sus componentes victoriales, institucionales, constitucionales y civiles; para más detalle, véase mi libro (Richmond, 2005) The Transformation of Peace), con implicaciones para el establecimiento de la paz (peacemaking), el mantenimiento de la paz (peacekeeping), la construcción de la paz (peacebuilding), los acuerdos de paz y su diseño, y otros enfoques afines en cualquier contexto. Tiene estos diferentes componentes: distributivo, histórico, de género, medioambiental, racial, etc.

En este momento, la complejidad de este giro está superando a la praxis de paz en el orden internacional, que “naturalmente” tiende a seguir intereses geopolíticos, incluso si estos conducen a la guerra. El fracaso del Orden Internacional Liberal y de ciertos aportes de la sociedad civil a la paz en los últimos 20 años ha creado un vacío, permitiendo que las antiguas morbilidades de las relaciones de poder y la violencia vuelvan al centro de la política global. Nuestro trabajo, como estudiosos interesados en la historia y la práctica del establecimiento de la paz, es traducir la experiencia de la Arquitectura Internacional de la Paz a un nuevo sistema operativo, a escala local, nacional e internacional, apoyándonos en este nuevo conocimiento sobre paz, justicia, sostenibilidad y relacionalidad. Tal vez sea posible transferir todo ello a la práctica sin que se produzca un colapso del orden existente, por frágil que sea el equilibrio entre el Orden Internacional Liberal y el Orden Internacional Autoritario, con su apoyo limitado y diferenciado a las reivindicaciones políticas locales, especialmente en el Sur Global. Porque, en el pasado, ese colapso ha sido enormemente violento —guerra mundial, conflictos regionales, amplificación de diversas formas de violencia estructural y cultural, violencia extractiva, etc. En este sistema, además, hay muy poco espacio para la sociedad civil o los movimientos sociales.

Estamos viendo todo esto suceder, con nuevas formas de violencia, guerra híbrida, guerra tecnológica, y demás. Y tenemos que responder a ello. Por ahora, lo mejor que podemos hacer es trazar una ruta intelectual que tome en cuenta todo este trabajo innovador que se está realizando —ya provenga de movimientos sociales, movimientos juveniles, artistas, sociedad civil, o esté disperso en distintos rincones del mundo de las políticas públicas, así como en la academia— y llevarlo a la práctica. No creo que hayamos resuelto todavía el problema de la paz. Pero la clave de todo, creo, es afrontar la complejidad de una noción de paz mucho más amplia que la del pasado: una paz vinculada a la justicia, en lugar de estar ligada a la victoria o a la nacionalidad liberal, como vimos en aquellas fases históricas anteriores.

Así que, en primer lugar, esto probablemente significa que no podemos permitirnos desechar el Orden Internacional Liberal en este momento, ya que es la única vía para regular, en alguna medida, la hegemonía del Norte Global y de otras grandes potencias. Varios Estados del Norte Global están tratando de escaparse de ese marco, como el régimen de Trump en Estados Unidos. En segundo lugar, tenemos que encontrar una forma de gobernanza para el orden multipolar, más fragmentado, que está emergiendo. En tercer lugar, debemos crear espacio para re-amplificar esas voces más lúcidas que están pensando en empujar la violencia de nuevo hacia los márgenes, e incluso más allá, teniendo en cuenta todos estos nuevos y mucho más sofisticados entendimientos de la paz con justicia que hoy tenemos.

Este es, en general, el panorama. Podría quizá dar algunos detalles, pero uno de los puntos clave que observamos respecto del Orden Internacional Liberal, con su provincialismo, y de los desafíos poscoloniales y decoloniales que se le plantean —así como frente a su capital no regulado y su tendencia a recaer en lógicas extractivas y en operaciones políticas propias del equilibrio de poder— es la necesidad de poner al frente la ciencia y la producción académica que abordan sostenibilidad, desigualdad, injusticia, representación, comunicación, contacto y movilidad, en un mundo de redes como nunca antes habíamos visto. Hasta que no lleguemos ahí, estaremos atrapados en un orden viejo, cada vez más autoritario y revisionista, que seguirá fracasando y siendo violento, acercándose, si se quiere, a su propio colapso por sus múltiples contradicciones. Lo que debemos hacer es apoyarnos en lo que sí funcionó del sistema anterior y usar eso para abrir espacio a los nuevos enfoques, nuevas prácticas y posibilidades que han ido emergiendo.

Como mencionaste, Ucrania y Gaza, y otros casos como Sudán y la República Democrática del Congo, sabrás que se ha producido una convergencia autoritaria entre diversos actores en este mundo multipolar. Existe un modelo autoritario y revisionista de establecimiento de la paz orientado a rechazar los derechos humanos, la democracia y las concepciones ampliadas de paz y justicia, en favor del poder y la violencia. Es una carrera hacia el fondo que debe revertirse para que el peacemaking local, la sociedad civil y los movimientos sociales puedan prosperar. Esto implica reactivar los sistemas que en el pasado sustentaron el establecimiento de la paz. Necesitamos, claramente, del peacekeeping, de la mediación, del contacto por la vía diplomática; pero también necesitamos la inclusión de redes de sociedad civil, movimientos sociales, y así sucesivamente. Necesitamos incorporar las reivindicaciones indígenas. En otras palabras, necesitamos nuevas innovaciones que se añadan a estos sistemas de establecimiento de la paz no solo por razones éticas, sino también por razones existenciales. Esto es urgente.

Pensemos en las innovaciones en términos de conectar la paz con distintas formas de justicia global y con la sostenibilidad intergeneracional de largo plazo. Esto exige una versión del ámbito internacional más relacional y transversal. Si quienes formulan políticas no pueden asumir esto como plataforma para repensar, estaremos condenados a repetir. Hay pocos indicios de que estén dispuestos a comprometerse con estos entendimientos más complejos, y eso nos conduce al viejo problema según el cual solo una guerra ulterior podría inmunizarnos contra la guerra, por así decirlo. Necesitamos algo mejor que eso.

Ahora bien, mejorar la Arquitectura Internacional de la Paz en esta coyuntura no es lo mismo que en el pasado, cuando el proceso avanzaba principalmente por ensayo y error en medio de emergencias. Hoy contamos con mucho más conocimiento sobre la paz que a comienzos del siglo XX; es un conocimiento mucho más global, en red y más inclusivo —aunque lejos de ser plenamente. Este conocimiento “eirenista”, que nos ayuda a repensar las transiciones posliberales, está mucho más sólidamente fundamentado, en parte gracias al giro local y a la abundante investigación sobre peacemaking local. De modo que hoy tenemos una comprensión mucho mejor de las condiciones necesarias para el establecimiento de la paz para este nuevo orden mundial emergente, y para el que inevitablemente le seguirá.

Roberta Maschietto (RM): En algunos de tus trabajos recientes pareces expresar una visión más bien pesimista sobre las estructuras de poder actuales y los límites del cambio democrático. Sin embargo, en tu respuesta anterior asomaba cierta dosis de optimismo. ¿Cómo concilias estas dos perspectivas? En concreto, ¿cómo entiendes la contradicción dentro de las democracias donde, por un lado, existe un potencial real para la acción colectiva y el cambio transformador, pero, por otro, segmentos significativos de la sociedad civil siguen apoyando a líderes autoritarios o iliberales —ya sea Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, Bukele en Centroamérica u otros—? ¿Qué revela esta tensión sobre las posibilidades y los límites de la política democrática hoy?

OR: Muchas de esas movilizaciones populistas se conectan con el retorno y el crecimiento del autoritarismo y se basan en el rechazo del conocimiento científico. Podría decirse que se trata de una suerte de movimiento anti-Ilustración, pero creo que gran parte del conocimiento científico y académico sobre la paz ha ido hoy más allá de la Ilustración. Así que también es un movimiento anti–sociedad civil y anti–justicia global. Esta tradición “contrarrevolucionaria” se remonta a lo largo de la historia. No hay nada nuevo en la situación en la que nos encontramos. Tampoco hay nada nuevo en estos desafíos a la paz y a la no-violencia; de hecho, los antiguos griegos y los romanos ya los debatían (al parecer, existía una versión antigua de los estudios de la paz). Su respuesta, que nos acompaña hasta hoy, fue pensar en la naturaleza de la gobernanza. ¿Qué tipo de gobernanza se requiere para expulsar la violencia del centro de la política, deslegitimar su utilidad, ya sea para intereses nacionales, elitistas, populistas o de dominación global o regional? La solución, reiterada una y otra vez, ha sido alguna forma de democracia constitucional y representativa, de organización internacional y un énfasis concreto en los derechos civiles y sociales. Estos frenos y contrapesos desde lo local hasta lo global atenúan esos riesgos. Sin embargo, en los últimos treinta años, se han ido formando coaliciones para bloquear dichos contrapesos y socavar una política pacífica.

Las nociones autoritarias y revisionistas de “paz” rechazan las limitaciones liberales a su poder y privilegios. En efecto, el modelo liberal se ha diluido fuertemente desde el retorno del populismo (durante el siglo XX también combatimos el populismo). Ha sido —y seguirá siendo— una lucha, porque los sistemas basados en la violencia resultan superficialmente atractivos para los poderosos y sus electorados. Por eso emergió la democracia representativa (en oposición a la democracia populista) en el Mundo Clásico, y después de las revoluciones de Occidente industrial. Sin embargo, es evidente que la parte representativa no ha sido lo suficientemente representativa, y el centrismo estatal sigue sustentando el proceso de paz, lo que, en mi opinión, limita su potencial. No obstante, podemos observar que las democracias populistas no favorecen la paz.

Creo que, para nosotros, los académicos, y para muchas personas en la sociedad civil, hay una mezcla de intuición, empatía y también conocimiento empírico sobre los fracasos de ese pensamiento excluyente. Existe un debate sobre si debemos pensar en términos de las herramientas existentes para afrontar estos problemas globales —órdenes constitucionales, frenos y contrapesos, enfoques basados en derechos, expansión de derechos, derecho internacional, cooperación global y cooperación en general— y ampliarlas, o rechazarlas y empezar de nuevo. Estamos en un momento en el que debemos romper tabúes sobre la centralidad del estado y la jerarquía global, pero no creo que tenga sentido volver a la multipolaridad, al imperialismo decimonónico, al equilibrio de poder o a la estatocentricidad como única base del establecimiento de la paz. Necesitamos nuevas formas de pensar la paz y sus vínculos con la justicia, la sostenibilidad y el desarrollo. Estas formas existen en la literatura, y han penetrado en los informes y la doctrina de la ONU, de donantes y de la sociedad civil global.

Mencionaron antes el genocidio en Gaza. Aquí, en el Reino Unido, hay debates semánticos sobre lo que significa: “¿es realmente un genocidio?”, y discusiones por el estilo. Necesitamos que los académicos defiendan la ciencia. Por desgracia, tenemos que lidiar con el renacimiento de una batalla política sobre el lugar y el alcance de la violencia en la política. Pero la ciencia rechaza la centralidad de la violencia y se sitúa fuera de la política, cuestionando su carácter revisionista y de gestión de conflictos. Hoy contamos con mucho más conocimiento científico sobre el peacemaking y la naturaleza de la paz que puede sostener, sobre el orden político, la sustentablidad, los derechos y la justicia. Esto está mucho más avanzado que nunca, y hay un destello de luz en la práctica; pero es en las prácticas políticas guiadas por intereses y violencia donde se cuela la oscuridad. Estas relaciones de poder, que la investigación ha venido desentrañando, son interpeladas por un pensamiento científico que ofrece alternativas. Es posible que, con el tiempo, tengan que adoptarse cuando la política populista y estatocéntrica se quede sin margen.

Para gran parte del pensamiento populista —incluido el populismo académico, dicho sea de paso— seguir al poder es más seguro que seguir a la ciencia. Seguir a la ciencia implica pérdida de privilegios, de estatus y rango, redistribución y políticas de largo plazo. Empezamos a ver un cuadro de reformas estructurales profundas que hay que acometer para llegar a la paz, y nuestro trabajo es pensarlas.

Más allá de eso, no podemos cargarnos a los hombros la expectativa de cambiarlo todo de inmediato; pero al menos podemos dejar constancia, crear archivos, asegurarnos de que la gente se forme, sepa dónde mirar para confirmar empírica y teóricamente. Ese es nuestro trabajo como educadores, y hacia ahí debería orientarse la universidad, influyendo en las políticas públicas. Todas esas puertas se han cerrado últimamente —o se han entornado aún más de lo que estaban en otros momentos—. Seguro que has leído a Said o a Chomsky, entre otros: ellos afrontaron sus propios momentos traumáticos en el ejercicio de la política, cuando la violencia volvió a ser central y sintieron que la sociedad retrocedía. Y que la voz de quienes deseaban un sistema basado en la empatía, la relacionalidad y la cooperación, la no-violencia, el compartir y la sostenibilidad se estaba perdiendo. Es una lucha constante, y no podemos ser apáticos solo porque parezca difícil. Desafortunadamente, ese es el oficio del académico.

EARM: Teniendo en cuenta el reciente incidente relacionado con la detención en aguas internacionales de la flotilla de ayuda internacional destinada a Gaza, ¿qué revela este episodio sobre los límites del sistema internacional? Y, en términos más generales, ¿qué lecciones ofrece para los movimientos por la paz y para las personas que intentan impulsar cambios mediante prácticas cotidianas de convivencia pacífica? A la luz de estas limitaciones, ¿qué pueden hacer de manera realista los movimientos sociales cuando se obstaculizan este tipo de acciones?

OR: El trabajo reciente que realicé con Sandra Pogodda y Gezim Visoka (2023) sobre los bloqueos a la paz y la contrapaz mostró que, en muchos casos durante la última década (y más), el establecimiento de la paz fue capturado y apuntaba a un desplazamiento internacional del modelo de paz de la ONU hacia un autoritarismo multipolar. Se estaban marginando los derechos y la democracia, así como la seguridad humana. Algunos trabajos más recientes que he realizado con los colegas Nik Hynek y Michal Šenk (2025) sobre el llamado plan de paz de Trump para Gaza, así como para Ucrania, y que también toca los Acuerdos de Abraham, sugieren que lo que ocurre aquí representa una forma de peacemaking muy reducida (si es que puede llamarse peacemaking). Se parece más al blanqueo de la paz o peace-washing, donde actores poderosos se reparten el botín y trasladan los costos a las víctimas de la violencia. Esto implica una reversión de la producción académica sobre la paz y de los aprendizajes de las últimas décadas, en particular los procedentes de los movimientos sociales y la sociedad civil. Esta estrategia resulta muy atractiva para actores autoritarios y autócratas (reunidos ahora —mientras escribo en diciembre de 2025— en otro “foro de seguridad” revisionista en Catar). Con ello, utilizan la legitimidad del concepto de paz para disfrazar el palo y la zanahoria, por así decirlo, con el fin de poner fin a la violencia. Pero hay muy poca intención de atender las reivindicaciones de derechos políticos formuladas en el terreno, de abordar las causas fundamentales de la guerra, o al menos de mediar entre reclamaciones de derechos muy contradictorias sobre un mismo territorio, sobre injusticia histórica, justicia distributiva y otras dimensiones de la justicia global. En Gaza y Ucrania, pero también en los estancamientos e hipocresías de intentos anteriores de construcción de la paz, este revisionismo está a la vista. No creo que lo que hemos visto pueda llamarse peacemaking; y mientras la sociedad civil no esté plenamente incluida, junto con las reclamaciones de justicia de las víctimas, no habrá una paz sostenible.

La literatura sugiere que las estrategias de disonancia cognitiva en torno al establecimiento de la paz (es decir, el peace-washing) no funcionan. Creo que la mayoría en la sociedad civil, en los movimientos sociales, buena parte de los medios y muchos intelectuales coincidirían en que ese blanqueo de la paz camufla un retorno al señorío de la guerra y a la oligarquía, lo cual no puede ser base de un orden político internacional altamente complejo ni de su sostenibilidad.

Pienso que académicos y responsables de políticas se han atemorizado a la hora de hablar de la brecha entre la producción académica y las prácticas actuales que pretenden asociarse a la paz, pero que se parecen más a la guerra. Esto es una suerte de deuda cogitativa, creada por la propaganda de oligarcas, nacionalistas y autoritarios en todo el mundo, que buscan devolver la guerra al centro de la política. Hay una suerte de autocensura en marcha porque muchos temen cuestionar esto (igual que sucedía en la URSS o la RDA); y, sin embargo, eso es exactamente lo que no debemos hacer, no solo académicos y activistas, sino también y particularmente en términos de producción de conocimiento sobre la paz. El trabajo local, cotidiano e híbrido sobre la paz, sumado a la resistencia social y civil y a las redes globales, iba por buen camino cuando ponía sobre la mesa cuestiones vinculadas a la reforma política y económica, y debe seguir exigiendo cambio estructural. Pero, en mi opinión, hay que construir sobre la arquitectura internacional de la paz existente, porque si el sistema multipolar fuerza su colapso, volveremos a un “estado de naturaleza”: es decir, guerras continuas y autoritarismo.

En Occidente (si es que aún existe), hemos sido muy lentos al traducir nuestro conocimiento sobre el establecimiento de la paz de los casos de la década de 1990 a lo ocurrido en Siria, y ahora en Ucrania, Gaza, o con la reactivación de conflictos en Sudán, la República Democrática del Congo, y muchos otros. La producción crítica sobre la paz no ha seguido el ritmo; más bien ha derivado hacia una especie de remanso donde el “giro local” se ha utilizado como contrainsurgencia al servicio de regímenes de orden autoritario-capitalista y geopolítico, en lugar de impulsar reformas estructurales globales y la expansión de la Arquitectura Internacional de la Paz. Por supuesto, algunos académicos están intentando corregir esto, y la gente empieza a movilizar su pensamiento político-ético sobre la paz para aplicar el tipo de lecciones que la literatura académica ya ha puesto a disposición. Creo que precisamente este es el patrón que, lentamente, ha construido la Arquitectura Internacional de la Paz a lo largo de la historia. Capa tras capa de la arquitectura se fue añadiendo a medida que las guerras destruían órdenes antiguos y el conocimiento social relucía entre las ruinas. Es muy importante preservar, desarrollar y diseminar el conocimiento sobre el establecimiento de la paz, venga de donde venga: para la sociedad, en las escuelas, en las instituciones estatales y globales y mediante la sociedad civil global.

Hemos hablado de las condiciones para una paz sostenible, de la inclusión en la mediación, de cuándo el mantenimiento de la paz es significativo, del papel ampliado de los movimientos civiles y sociales, y de lo que esto implica para la reforma estatal y global. Los hallazgos de nuestra investigación apuntan a la necesidad apremiante de reforma estructural, es decir reforma estructural global. Esto se ha vuelto difícil, porque el revisionismo asociado a la multipolaridad socavará el establecimiento de la paz en el ámbito local y regional en todas partes y solo reforzará el poder autoritario, ya que apoya una paz del vencedor, no los derechos. Y creo que esta debilidad analítica de no extender críticamente nuestro mayor conocimiento sobre la vinculación de la paz con la justicia —llamémosle también pereza— ha permitido el retorno del marco de blanqueo de la paz, que en realidad es una vuelta al pasado del peacemaking. La reticencia a asumir las consecuencias políticas de nuestro conocimiento mejorado sobre la paz ha dado lugar a enfoques reaccionarios y revisionistas. La multipolaridad ha creado un vacío. Esta convergencia autoritaria hace muy difícil hablar de paz sostenible en Gaza o Ucrania. Y nuestra resistencia a trabajar estos casos a la luz del marco de justicia global, prefiriendo trabajar en pequeños segmentos (cotidiano, liberal, geopolítico, humanitario, etc.) y evitando transferir el conocimiento que ya tenemos, no ayuda a la paz en estos contextos.

Estamos viendo una diplomacia al estilo del equilibrio de poder decimonónico, modificada por la oligarquía contemporánea, en formas extractivas y digitales, para producir una forma de paz que sabemos que no puede funcionar. Y se despliegan herramientas de peacemaking vacías de capacidad de paz, que en realidad trasladan la carga política a las víctimas para que cedan por completo. Esto nos remite a una paz del vencedor, contra nuestros hallazgos científicos. Como académicos, sabemos que eso no puede funcionar; y si lo hace, será solo mediante coacción, vigilancia y violencia, como en cualquier ejemplo autoritario o totalitario. Sería muy útil que quienes formulan políticas, que se supone que quieren estar informados, tuvieran en cuenta el acervo académico, y no solo el flujo del poder.

Esa sería mi valoración de estas situaciones. Debemos seguir trabajando con ahínco para innovar en el establecimiento de la paz y no quedar atrapados en rincones estrechos del debate. No estamos leyendo lo suficiente, ni retrocediendo lo suficiente. Carecemos de una perspectiva histórica plena sobre la literatura en estudios de paz y conflicto. Hemos olvidado los debates ideológicos. Se está produciendo mucho trabajo que no está informado ni conceptual ni políticamente. Así que estamos reaprendiendo lecciones antiguas, una de las cuales es que los acuerdos de Trump sobre Ucrania o Gaza no son “paz” y solo pueden mantenerse mediante la violencia.

Lo que hemos acabado teniendo es una especie de convergencia con nociones autoritarias de paz, tanto en el número de estancamientos existentes, como en la aceptación acrítica de herramientas que ya no funcionan (quizá porque no son adecuadas para el siglo XXI). No responden a las reivindicaciones que hoy se amplifican en todo el mundo por redes sociales, sociedad civil y redes académicas, y también por algunas redes de política pública centradas en los derechos, la ley y la democracia. Necesitamos, por tanto, un replanteamiento y debemos ser mucho más activos. No me refiero solo a activismo en sentido estricto, sino a actividad intelectual: abordar estos debates conceptuales y teóricos y superar el remanso de los años noventa en el que buena parte de la literatura ha quedado atascada.

Veo señales alentadoras en este sentido. Veo que muchos académicos están empezando a interesarse por estos nuevos casos, intentando romper con los viejos silos y mantener la paz conectada con la ética y no solo con los intereses, yendo más allá de la mera descripción. Continúa el trabajo crítico sobre emancipación, derechos, justicia, empatía y todo lo nuevo que ha emergido —relacionalidad, inclusión, no solo en el Norte Global, cuestionamientos al capitalismo, a las formas de soberanía estatocéntrica y territorializada, a la oligarquía. Esto está empezando a articular los debates críticos y a aplicarse a las guerras en curso. Sigue siendo difícil publicar perspectivas tan desafiantes, debido a la gran cantidad de controles y a las formas institucionalizadas y arraigadas de conocimiento y metodología que lo bloquean. Aquí hay mucho trabajo por hacer y debemos perseverar. Necesitamos que académicos más jóvenes asuman el reto; debemos darles espacio —incluidos estudiantes de doctorado y de maestría— para que aborden este tipo de casos y propongan innovaciones. No estoy seguro de que las innovaciones vayan a venir de mi generación de académicos o responsables de políticas. Creo que es más probable que procedan de la nueva generación de investigadores que han leído las literaturas producidas en Relaciones Internacionales y en Estudios de Paz y Conflicto en los sesenta, setenta, ochenta y noventa, pero que son capaces de releerlas a la luz de estos conflictos híbridos, de los grandes problemas estructurales que enfrentamos hoy, incluido el desafío ambiental, y de las condiciones tan distintas de la década de 2020. Estoy viendo cómo este tipo de trabajos empieza a filtrarse en la literatura.

RM: Su trabajo sobre el «giro local» en la construcción de la paz ha tenido una gran influencia, incluso en toda América Latina. En su reciente artículo «El uso y abuso del giro local» (2024), sostiene que su intención emancipadora original a menudo ha sido cooptada, despolitizada y transformada en un marco tecnocrático o incluso contrainsurgente. En el panorama geopolítico actual, marcado por el auge de un Orden Internacional Autoritario, ¿qué medidas prácticas podrían ayudar a rescatar el giro local en su forma crítica y emancipadora? ¿Cómo pueden los académicos, los responsables políticos y los actores locales revitalizar sus raíces poscoloniales y orientadas a la justicia para fomentar formas genuinamente plurales de construcción de la paz? En relación con esto, en su opinión, ¿cuál es el potencial real de la agencia local y las expresiones cotidianas de construcción de la paz para contribuir a una transformación estructural más profunda?

OR: Con el giro local, Roger McGinty y yo (2013), en realidad, solo estábamos traduciendo lo que veíamos en la literatura más amplia; no es que hubiéramos propuesto algo particularmente nuevo. Otros académicos hacían cosas similares, y muchos han contribuido desde entonces —demasiados para mencionarlos aquí—, pero sus aportaciones son muy importantes. Solo mencionaré dos influencias tempranas decisivas en mi propio pensamiento, que ya apuntaban hacia una paz crítica, local, cotidiana e híbrida: A.J.R. Groom y Michael Pugh. Creo que, a lo largo de distintos ciclos de reflexión sobre la paz en el siglo XX, diversos autores —de John Burton a Elise Boulding, Edward Azar y, más adelante, John Paul Lederach; por supuesto, también Johan Galtung, entre muchos otros— pusieron en primer plano los problemas de intentar hacer la paz sin una inclusión amplia y contextual. Es importante recordar quiénes desempeñaron un papel en la génesis y el desarrollo de las ideas en el campo, y por qué. Ellos señalaron la complejidad de intentar forjar la paz sin amplia inclusión; del mismo modo que E.P. Thompson, por ejemplo, habló de la importancia de una historia desde abajo. Lo que tuvimos, digamos, en los debates de los noventa, fue una limitación, una especie de corte de esos debates críticos tan relevantes, que venían de Marx y atravesaban distintas discusiones críticas del siglo XX. La tradición de enfoques críticos sobre la paz, en cada época, ha intentado ganar espacio para debates que quedaban fuera del alcance de estructuras de poder atrincheradas y de élites políticas. De hecho, muchos de estos autores se sentían más cercanos a la sociedad civil y a los movimientos sociales, y solo observaban la política pública a distancia, por los riesgos de captura.

Así, el giro local intentaba reformular esta tradición crítica y actualizarla para responder a la versión contemporánea de la pregunta ancestral: cómo los actores subalternos harían la paz y reformarían el Estado y el orden internacional después de la paz liberal. Pienso que el giro local ha sido importante porque hizo esto para una nueva generación de investigadores; pero no olvidemos de dónde surgió, quiénes nos ayudaron y por qué (véanse las citas en nuestro artículo original). Fue un momento emocionante para nosotros, y ayudó a incorporar a los estudios de la paz y el conflicto a muchos más académicos de todo el mundo, y a una academia mucho más global interesada en la paz. Como resultado, espero que hoy tengamos mucha más comprensión empírica y datos que nunca en el campo: una mirada desde abajo sobre el funcionamiento del mantenimiento de la paz, así como de la mediación y la diplomacia, y también del propio sistema internacional. Todo esto es necesario para la próxima fase del “peacemaking futuro”.

El objetivo de aquel artículo no era solo decir “necesitamos trabajo local” para comprender e incluir las reclamaciones políticas locales, sino también preguntar “cómo usamos esto para pensar la reconstrucción estructural necesaria del orden internacional y del Estado”, y de todo lo que ya estaba en marcha en aquel momento, como la reforma de la ONU, la regionalización, el fortalecimiento del derecho internacional, el reconocimiento de distintos tipos de derechos en convenciones de las Naciones Unidas, la expansión de la inclusión en el peacemaking.

Lo que no me gustó de lo que sucedió con la crítica del giro local fue que, aunque hemos dedicado mucho tiempo a examinar datos locales sobre la paz y a movilizarnos en el ámbito local —algo que, insisto, es realmente importante—, esa labor ha quedado cercada y sus implicaciones para la paz han sido recortadas. Se ha desconectado del cuestionamiento de las estructuras políticas y del orden mismo. Y eso —en mi opinión, y lo he dicho desde el comienzo del interés por el giro local— corría el riesgo de volverse reminiscente de la contrainsurgencia: contrainsurgencia apoyada por el Estado, o contrainsurgencia imperial. Esto es exactamente lo que el giro local no debía desencadenar.

La mayor parte del trabajo que vemos circular —y que ha viajado por todo el mundo— intenta, en algún punto, incidir en la política pública, en las estructuras políticas más amplias, en la economía y sus interrogantes, así como en los temas de sostenibilidad. Inevitablemente, entonces, las implicaciones del giro local para el establecimiento de la paz tropiezan con la pregunta antigua: ¿qué tipo de orden político sería más pacífico? ¿Cómo diseñar y rediseñar el orden político?

Para mí, de eso trataba el giro local. Muchos lo leyeron como si se refiriera sobre todo a recopilar datos locales y a ampliar la inclusión. Pero esas cosas tienen que estar al servicio de un propósito y el punto era rehacer la Arquitectura Internacional de la Paz (tema de mi libro de 2022 con Oxford University Press), para dotarnos de herramientas más sofisticadas con las que responder a las nuevas reclamaciones políticas que de pronto llegaban a la mesa gracias a esa mayor inclusión.

Desde este punto de vista, creo que ha sido un éxito, aunque pudo haber ido más lejos; y también pienso que ha habido una reacción problemática que ha negado buena parte de ese éxito. Hemos visto el reflejo de sistemas de poder atrincherados —ya sea el aparato estatal dominante, el militarismo, el capitalismo o el institucionalismo liberal a escala global—, reacios a compartir el espacio intelectual y, por tanto, a efectuar el cambio estructural necesario. No es solo que no hayamos visto reformas en la ONU o en el sistema de donantes; la respuesta oficial fue más bien pasiva y discursiva, no material. No hemos observado avances significativos en las leyes internacionales o en materia de derechos. El mantenimiento de la paz está, en la actualidad, prácticamente inoperante. La mediación internacional se ha convertido en una suerte de regateo en el que las víctimas deben aceptar cargar con el peso de cualquier acuerdo, o se ha fragmentado en piezas tan pequeñas que no aborda el cuadro más amplio, profundo y contextual. Esto ha creado un vacío que ha facilitado el retorno de la geopolítica y de la geoeconomía. Hacia ahí parece derivar el orden multipolar, y el Orden Internacional Autoritario que alberga no es, en realidad, un proyecto de desarrollo, ni trata de derechos y democracia. De hecho, los aleja. A menudo, los primeros indicios de una deriva autoritaria aparecen cuando se empiezan a imponer restricciones a la sociedad civil y a los movimientos sociales desde el Estado, con el apoyo de sectores del electorado y de potencias regionales como Rusia o China.

Todo esto debe ser cuestionado, pero el giro local ayudó a sacarlo a la luz. Ahora sabemos con qué estamos lidiando, y la vinculación de la paz con la justicia global está, creo, ampliamente inferida a partir de los resultados del giro local. Esta vez, este tipo de agencia crítica está mucho más informada, en red a escala global y arraigada, y por ello es más difícil de reprimir o ignorar, lo que significa que la reforma y reestructuración de la Arquitectura Internacional de la Paz estará, la próxima vez, más en sintonía con ella como proyecto científico y emancipador.

En las dos décadas anteriores, hemos sido testigos de prácticas de construcción de paz y de construcción estatal eurocéntricas, liberales e internacionalistas cada vez más hipócritas e ineficaces, que cada vez rendían menos cuentas. El problema fue que, cuando empezaron a rendir cuentas un poco más, también se volvieron disfuncionales; y ese problema hay que resolverlo. Este es el punto de partida para la siguiente fase de formación de paz. La paz liberal tuvo ventajas significativas frente a enfoques anteriores, pero debemos avanzar mucho más si la paz ha de ser contextualmente significativa. Hemos visto esfuerzos sustantivos en sociedades afectadas por conflictos, como en Colombia o Chipre, y hay mucho que aprender de esas experiencias.

RM: Dado el resurgimiento de la violencia y el desinterés político por sus consecuencias, ¿cuáles cree que son las formas más eficaces de traducir los conocimientos académicos sobre la paz y la no violencia, acumulados a lo largo de muchos años, en prácticas políticas reales? ¿Cómo pueden las sociedades, los líderes y las instituciones trabajar para fortalecer la paz en un momento en el que parece estar cada vez más amenazada?

OR: La cuestión clave del liberalismo era que intentaba crear un sistema político en el que la violencia no estuviera en el centro, sino en la periferia. Se pensaba en diálogo, derechos, democracia, ley e instituciones alineadas en torno a un conjunto común de valores e intereses. Hay mucho que aprender de ello, pero la situación hoy es mucho más compleja que, incluso, en 1990. Cuando se aplicó a escala global después de 1990, se utilizó para abordar la violencia en el Sur Global y, en menor medida, en el Norte Global. La seguridad, la democracia y los derechos humanos, así como la expectativa de un dividendo de la paz, fueron enormemente populares en los países afectados por conflictos donde se aplicó la paz liberal. Pero existía una brecha entre teoría y práctica. ¿Podemos corregir esto en el futuro? ¿Y cómo? Creo que, a través de una educación pluralista, un fuerte apoyo a los movimientos y organizaciones de sociedad civil, y también buen liderazgo (lo que implica mantener a los señores de la guerra y a los (etno)nacionalistas lejos del poder, en lugar de devolvérselos de inmediato).

Por lo tanto, debemos involucrarnos, con nuestro conocimiento académico mucho más sofisticado sobre la paz, con la gente sobre el terreno, en la sociedad civil y los movimientos sociales (que, dicho sea de paso, a menudo ya están convencidos). Necesitamos marcos para los acuerdos de paz y herramientas de establecimiento de la paz más sofisticados. Estos se están desarrollando con cierta rapidez. Pero también debemos asegurarnos de que quienes formulan políticas conozcan este trabajo, lo comprendan y lo acepten, así como que comprendan mejor los riesgos de habilitar la violencia y su tendencia a extenderse y escalar. En la política mundial actual hay una especie de frivolidad respecto de la violencia. Los líderes no toman suficientemente en serio sus peligros y los medios alientan a las poblaciones a asumir riesgos. Como ocurre con el discurso de odio, veo aquí, en el Reino Unido, esa frivolidad ante el retorno del nacionalismo y los riesgos que desata, así como la valorización de la desigualdad. Bueno, nosotros, en la academia, sabemos que nada de eso funciona y que, de hecho, es propenso a una grave escalada del conflicto.

¿Cómo corregimos esta regresión? Necesitamos articular un panorama más claro a partir de la larga historia de estudios académicos que abordan la violencia y el establecimiento de la paz en todo el mundo. Y necesitamos difundirlo, llevándolo a nuestros responsables políticos y líderes, y proyectándolo hacia la sociedad en general, para diseminar ese conocimiento. Además, este conocimiento debe actualizarse para un mundo mucho más complejo. Son tareas extremadamente difíciles, pero siempre han sido el trabajo de la sociedad civil, los movimientos sociales y la academia. No creo, necesariamente, que esto vaya a tener el impacto inmediato que muchos académicos, activistas o profesionales desean cuando me hacen preguntas como esta. De hecho, no deberíamos esperar un impacto inmediato de un trabajo que sitúa la paz como relacional, transversal, biosférica, intergeneracional, orientada a la justicia, y que por ello exige cambios estructurales radicales y de largo plazo. Como mencioné al principio, mi observación de largo alcance es que el pensar sobre el peacemaking y sus innovaciones toma mucho tiempo en madurar, y normalmente proviene de quienes carecen de poder y voz: básicamente, los subalternos. Solo suele filtrarse al sistema muy lentamente, y a veces tarda décadas, si no cientos de años.

El movimiento conceptual y práctico de la paz hacia la justicia global (y lejos de la paz del vencedor y de la paz liberal) está, a mi juicio, bajo ataque, ya se trate de la paz liberal, de un básico sistema de equilibrio de poder, o de una paz social y global más sofisticada. Está bajo ataque por la recentralización de la violencia en la política, pero también por las múltiples contradicciones internas de la arquitectura de paz actual. Debemos trabajar en estos problemas; y, como sabes, estos rompecabezas intelectuales han sido eventualmente resueltos en el pasado y, cuando se resolvieron, las soluciones ascendieron lentamente por el sistema “desde abajo” y condujeron a cambios en la cima. Por supuesto, traducir todo esto a la práctica, a la política pública y al orden político ha sido históricamente extraordinariamente difícil, y solo ha ocurrido tras momentos transicionales de violencia o crisis muy intensas. Nuestro objetivo debería ser mejorar las herramientas de paz y la formulación de un orden político pacífico, mucho más cercano a la justicia global, esta vez sin violencia y sin crisis transicionales intensas. Sin embargo, por ahora, parece que no estamos logrando ese objetivo.

Por lo tanto, nuestro objetivo secundario debe ser asegurarnos de tener preparados “guiones” que expliquen a la gente cómo comportarse de manera no violenta, qué puede hacerse en términos de rediseñar el Estado y asentar las bases para que las instituciones internacionales, el derecho y la economía política global puedan reformarse. Estamos, intelectual y académicamente, en el umbral de una visión de “paz futura”: disponemos de una gama compleja de aportes que podríamos ofrecer.

Lo que preguntas es: ¿cómo llevamos todo esto a la práctica? En el pasado, la única vía era a través de movimientos sociales y civiles, educación, incidencia, abogacía, escritura, difusión, estar en la sala y practicar estos métodos en la vida cotidiana, con la esperanza de que se filtraran hacia arriba hasta las constituciones, las instituciones, el derecho y la democracia. Quienes están en los salones de conferencias, en las grandes reuniones y en el escenario local-global deberían conocer la amplia historia y las prácticas del establecimiento de la paz. Por eso escribí mi libro Peace: A Very Short Introduction (2014) —para contribuir a esa diseminación. Creo que la manera en la que el peacemaking entró en la práctica más amplia en otros momentos clave del pasado (por ejemplo, 1919, 1945, 1990), fue pasando de un enfoque ascendente a uno descendente. Puede que ahora sea distinto, debido a la naturaleza intensamente en red del diálogo y la política globales, algo sin precedentes.

Por ahora, sin embargo, los indicios muestran una separación intensa entre la ética y las políticas de poder de siempre. Este marco de conocimiento mediado y negociado en torno a la paz y el peacemaking —sostenido por académicos, sociedad civil y activistas en todo el mundo— se mantiene aparte, creo que probablemente a propósito, porque fusionar ambos marcos es muy desafiante. Y porque el establecimiento de la paz siempre cuestiona el poder de las élites cuando no se limita a consolidarlo. Ahí es donde debemos trabajar, y muchos lo han intentado: el giro local siempre sostuvo que buscaba lograrlo mediante más inclusión, incorporando saberes diversos al debate político e institucionalizándolos en un marco poscolonial. No se trata de capturar la paz (por ejemplo, mediante el blanqueo de la paz) ni de cooptarla, sino de asegurar que esté presente en su forma más plena.

EARM: En los recientes congresos del Consejo Latinoamericano de Investigación para la Paz (CLAIP) —rama regional de la International Peace Research Association (IPRA)— hemos podido constatar el enorme crecimiento de nuestra disciplina en las últimas décadas. Académicos y activistas de la paz vienen desarrollado significativos aportes al corpus epistemológico, teórico y metodológico de los Estudios de la Paz -como las propuestas de Paz Transformadora y Participativa (Ramos, 2021), o de Paz Engendrada (Oswald, 2020), entre otras. ¿Qué aporta la academia latinoamericana a la construcción de paz con justicia global?, ¿qué aprendizajes puede ofrecer América Latina para los desafíos que enfrenta la construcción de paz emancipadora?

OR: Celebro, sin duda, ese mayor involucramiento, y la expansión que mencionas es formidable. Habría sido difícil imaginar algo de esta escala cuando yo era doctorando, rebelándome contra el Realismo y buscando un marco intelectual alternativo. Desde la perspectiva de nuestra revista, Peacebuilding, sé que hemos recibido muchas más contribuciones de Sudamérica que antes, lo cual es magnífico. Ampliar los debates conceptuales y teóricos y contribuir a la literatura es absolutamente vital para superar el provincialismo de algunos trabajos académicos previos (y de algunos actuales). Hemos tendido a centrarnos en la política exterior estadounidense, la integración de la UE, o en conflictos con foco poscolonial o en estados sucesores pos-soviéticos, lo que ha desviado la atención —en gran medida— de cuestiones sociales de justicia, desigualdad y sostenibilidad. Es evidente que la academia interesada en la investigación para la paz y el conflicto necesita expandirse. Hasta ahora, ello ha producido un conjunto mucho más rico y dinámico de debates conceptuales y teóricos, así como de metodologías. Creo que queda trabajo por hacer respecto de lo que está entrando en la literatura y que nos empuja a pensar la paz en términos más pluriversales —y no meramente universales— de justicia, en términos más relacionales, incorporando sostenibilidad, indigeneidad y formas pastoriles de vida: mundos de vida distintos, también. Y, además, cómo enfrentamos la extracción y el autoritarismo. En materia de paz y peacemaking, lo que hemos visto en los últimos cinco a diez años es un desplazamiento desde una perspectiva estrecha centrada en una paz del vencedor subyacente (1945/1990), que fue renovada por la praxis de la paz (peacekeeping, mediación, desarrollo, incluso las teorías de transformación de conflictos), hacia preguntas estructurales mayores, para las cuales la teoría no Occidental es vital.

Quisiera señalar que muchos académicos occidentales/nórdicos han defendido desde hace tiempo este mismo argumento —o, cuando menos, lo han aceptado—, yo incluido. Así que debemos ser prudentes a la hora de presentar la brecha epistémica norte–sur como omnipresente. No estoy seguro de que sea el caso —al menos no de modo tajante— entre quienes aportan críticamente. Existe, cuando menos, un plurílogo transversal y transnacional fuerte y un posible acuerdo dentro del pensamiento crítico sobre la paz: que apunta hacia los movimientos sociales locales, la sociedad civil, la apropiación local, la reforma estatal y económica, los derechos, la ley y democracia, y también plataformas regionales y globales de rendición de cuentas, sostenibilidad e incluso coercibilidad, a través de un paisaje político complejo y muy diverso. La circulación de la paz es compleja y apunta a la justicia global. Al menos así leo este potencial de convergencia —norte y sur, este y oeste— en términos críticos, que trasciende la división, la polarización, el nacionalismo, el populismo, el capitalismo y el imperialismo. En otras palabras, la ciencia y la investigación deben trascender todos estos obstáculos a la paz y la justicia. Creo que aquí tenemos mucho que decir, que aclarar y con lo que sentar bases para una paz futura.

No estoy seguro, sin embargo, de que tengamos suficiente claridad sobre los distintos elementos que diversas comunidades académicas de distintos lugares —como Sudamérica— aportan a los debates. No basta con decir que la academia occidental es eurocéntrica y provinciana y, por ello, debemos ignorarla; del mismo modo, no podemos sugerir que otras academias, enfrascadas en sus problemáticas locales y regionales, sean con las que no podamos dialogar. Necesitamos un diálogo mucho más amplio y abierto.

Cuando recuerdo los primeros trabajos que hice (con muchos otros) sobre la manipulación de la mediación internacional y del mantenimiento de la paz, la crítica a la paz liberal, las formas híbridas de paz y, luego, el giro local y, más recientemente, sobre los bloqueos, la contrapaz y el Orden Internacional Autoritario, gran parte de ello surgió de leer aportaciones tempranas provenientes fuera de los mecanismos conservadores de control que dominan las academias y la formulación de políticas en Occidente. Ha habido una larga tradición de praxis crítica de la que tuve la fortuna de poder nutrirme, que involucra a académicos, responsables de políticas y movimientos sociales de todo el mundo. Siempre puso de relieve cómo las categorías de Estado, región, ámbito internacional, Occidente y Norte–Sur, etc., eran a la vez fundamentales para la guerra y la violencia en todas sus formas, y también contribuyentes a la paz, aunque de manera limitada.

Confío en que estos debates se vuelvan cada vez más dinámicos a medida que crecen la complejidad y la inclusión. Por eso se necesita más de esto: diálogo —en realidad, un plurílogo— para modelar las discusiones y visibilizar las limitaciones de los debates preexistentes (muy anglo-estadounidenses, dominados por intereses, ideologías, sesgos y limitaciones metodológicas específicos). Esto nos está dando un conjunto mucho más rico de deliberaciones, que convendría aclarar, para que las esferas de discusión no permanezcan separadas, sino que aprendamos mutuamente en torno a estas cuestiones de paz. Aún no hemos alcanzado la claridad suficiente, pero creo que ya se ha hecho el trabajo de base. Ese es un enorme paso adelante.

Diría que las próximas formas de paz que emerjan probablemente no girarán en torno al Estado soberano territorial o a la institucionalidad liberal, que son legados del imperialismo occidental. ¿Girarán en torno a la extracción capitalista o a la vigilancia? Es poco probable, porque eso no sería ampliamente legítimo para buena parte de la población mundial. Incluso las formas conservadoras de derecho internacional o los derechos humanos “básicos” tienen una legitimidad limitada. ¿Se articularán, más bien, en torno a la capacidad de pensar y actuar relacional e intergeneracionalmente? ¿Desde posicionalidades y experiencias de vida muy diversas? Creo que esto es más plausible y sería más legítimo. Cómo superar los obstáculos de poder y estructurales para lograrlo es la gran cuestión. Aclaremos estos problemas y áreas clave, y empujemos este trabajo hacia adelante.

EARM: Uno de los procesos de paz más significativos y prometedores de la región es el colombiano. ¿Qué lecciones podemos aprender de este proceso específico?

OR: Colombia es un caso fascinante en el que hemos visto una oscilación: de un proceso de paz liberal, muy previsible y orientado a Occidente, a un proceso híbrido, impulsado localmente, y luego a un punto muerto en el que muchos de esos elementos del liberalismo se han perdido. Aun así, la plataforma de debate y de producción académica ha sido muy dinámica. La vinculación entre la búsqueda académica de una paz futura y la movilización social por la paz es muy importante. Parece mucho más dinámica y “a contracorriente” que los —a menudo también tortuosos— procesos de establecimiento de la paz que hemos visto en Occidente, como en Irlanda del Norte, por ejemplo, donde el dinamismo tardó mucho en llegar y, cuando lo hizo, fue muy acotado. En muchos casos —en los Balcanes, Sri Lanka o Chipre— la lucha por la paz se ha mantenido viva casi únicamente gracias a donantes externos y a pequeñas redes en torno a la sociedad civil. En Colombia hemos visto un empuje mucho más integral que atraviesa gran parte de la sociedad. Tenemos mucho que aprender de ello, de sus dinámicas y de sus obstáculos. Hemos recibido un volumen muy amplio de artículos sobre peacemaking en Colombia, enviados por académicos locales para su publicación en la revista Peacebuilding. Se han puesto sobre la mesa muchos ángulos y perspectivas, algo que, creo, no hemos visto en muchos otros casos. Es importante documentar y clarificar el proceso de paz en Colombia, y situarlo en el contexto de todos esos otros debates. Inevitablemente, cualquier nueva arquitectura de paz deberá tener en cuenta todos estos elementos dentro de la forma mucho más compleja de paz futura que, previsiblemente, veremos emerger eventualmente.

RM:Muchas gracias. Nos gustaría terminar esta entrevista con un espacio para que compartieras una última reflexión con nuestros lectores, o pudieras enviar un mensaje final...

OR: Gracias por leer; continúen con el buen trabajo y gracias por sus contribuciones a estos debates.

2. INTERVIEW / ENGLISH VERSION

Esteban A. Ramos Muslera (EARM): Thank you very much for accepting our invitation. It is an honor for us. As you have pointed out in previous works (Richmond, 2022) -and in the article published in this same issue of ReLaPaC (Richmond, 2026)-, the existing tools for establishing peace in the international order face structural obstacles that require a redesign of the International Peace Architecture. How would you assess the effectiveness of this architecture given ongoing violent conflicts, such as the Russia-Ukraine war and the genocide in Gaza, and what are the main risks it faces in the face of the seemingly unstoppable advance of the imperialist-style Authoritarian International Order (AIO)? In this context, what reforms and innovations in the international peace architecture are most urgent and a priority at this time?

Oliver Richmond (OR): Thanks for inviting me and the pleasure is all mine!

My understanding of the peace architecture that has built up primarily in the West and went global, after World War II, and after the end of the Cold War, was that it was partly driven by social agency, movements, and knowledge about war and peace, which was also aligned with elite interests to end major war. So while the latter was obviously very provincial, the former was much more diverse. The international peace architecture was very Eurocentric, but it had multiple layers, and it built up as sediments, almost like an archaeology. The infrastructure was pluralistic, on the other hand, and formed socially while learning from the experience of war about the nature of peace.

The international peace architecture had to build on the power mechanisms of militarism, diplomacy, and intervention, as well as alliance building and mediation. All of these early systems worked to try to minimize violence in the Western, imperial, and state-centric version of order, to push political violence to the edge of the international system during the 19th and early 20th century. They did so while trying to maintain a modicum of legitimacy from local constituents in conflict-affected societies.

Scholarly attention has often turned in parallel to drawing on the lessons that can be gained from listening to the knowledge and perspectives of scholars, an embryonic global civil society, as well as local social movements. These often focus on how to address the failings of that formal system of peacemaking at the state and international scales, and to how to remedy and expand them. And out of this process evolved the liberal peace framework, which required the integration of democracy, the rule of law and human rights, civil society, and development into peacemaking in an emerging liberal international order.

In the late 20th Century, the UN system, the donor system, and global civil society networks were able to use this framework as a platform for both for critique and for further refinement. The more reflection there was throughout the 20th century and into the early 21st century, particularly from conflict-affected citizens, from below the more the shortcomings of the liberal peace became apparent. The more political claims made by subaltern subjects, the more key state supporters of the later version of liberal peacebuilding began to pull back too, evading their responsibilities towards maintaining and improving a peaceful international order, effectively defunding the UN, human rights, democratisation, social movements and development. We have seen the catastrophic outcome of this withdrawal from the liberal peace since 9/11, in Iraq and Afghanistan. The problems are escalating more recently with the half-hearted (or worse ‘peace-washing’) attempts to engage with the wars in Syria, Ukraine, Gaza, and others such as in DRC and Sudan, on the part of a fragmented, multipolar international order. This order has seen much increased war, violence, and displacement.

Conversely, the liberal peace was a good platform to build a wider peace on, in many ways, and it provided us with, historically, probably what was the most successful peace architecture we'd ever seen. It encompassed more people and liberated them to speak, to make political claims, indigenous claims, development claims, justice claims, and later on, claims for intergenerational forms of justice and sustainability, gender justice. It clearly had a lot of potential, but it was not open to reform, as could be seen with the endless discussion of UN reform. Consequently, we’ve seen the repeated failure to address those new claims that emerged after the end of the Cold War. There has been a lot of very conservative pushback against the liberal peace system particularly when it began to develop more hybrid, everyday, and post-liberal aspects, even though (or perhaps because) it challenged nationalism, and the centrality of not just direct violence, but structural, cultural, linguistic, gender, environmental forms of violence.

As the debates on peace were expanding during the last 35 years or so, we saw a situation of increasing complexity. The policy and intellectual environment which was no longer as Western as it had been during the Cold War, but had expanded to include large parts of the Global South. Of course, peacemaking in a complex international order is much more challenging than the sort of peacemaking that we've seen before, which was really just focused on the balance of power, the empire, state, or maintaining stability in a continuing socio-political system of acute stratification. Yet contemporary peacemaking and peacebuilding remains dominated by the victors of World War II, the model from the end of the Cold War, and the anachronistic centrality, still, of territorial sovereignty as the organizing principle of peace and political order. Of course, the centrality of global capital and now new technologies, and their extractive tendencies have started to displace this framework.

During evolution of the international peace architecture, the more peacemaking went ‘local’, subaltern and networked, in response to the growing correlation of peace with justice, and so with the victims of war and violence. The latter began to organise and engage political and intellectually, supported by the liberal peace platform. But the more challenges this engagement threw up, the more difficult it became to respond to those challenges because of very entrenched power structures- imperialistic, capitalistic, stratified, hierarchical, and so on.

The scholarship, and the kind of policy doctrine, as we see emerging in UN documentation from the Agendas for Peace, Democratization and Development in the 1990s, R2P, and, Women, Peace and Security, later on, became —I hesitate to call them dead letters in practice— more and more implausible. This was and is because political leaders and constituents still adhered to territorial sovereignty, nationalism and bounded forms of politics in an existing global hierarchy. This has become a form of counter-peace in terms of politics and knowledge production meaning that, practically, they could not implement any of the new peace and conflict research even if it was adopted in doctrinal terms (such as with the UN’s Sustaining Peace agenda). Populations in the Global North were also beginning to challenge the responsibilities it was laying on their shoulders. Recipient populations were also challenging the legitimacy of linking peace praxis with the maintenance of the post-Iraq, statebuilding and stabilisation model of international, regional, and local order. This, as seen with the Syrian war, led to the collapse of the link between peacemaking and liberalism. Peace praxis now requires structural change, which the international system itself prevents.

We're now in a situation where the International Peace Architecture (the focus on my 2022 monograph) is stalemated. As a result we are seeing a reversal of the outcome of the Cold War (i.e. the liberal peace model) back towards a more authoritarian and revisionist version of peacemaking (involving loading the victims with the costs of a negative peace, enabling violence as a tool of geopolitics, and undermining rights and civil society in favour of elite power and digital-imperial projects).

Returning to my earlier comments, in the past when a system failed recursively like this and became moribund innovations tended to come from a combination of civil society and social movements, scholarship, and dedicated engagement -often from below but also from some elite and policy circles. This was aimed at understanding the forms of violence that were being produced by the failings of that system. Mainstream scholarship and policymakers would respond to and implement such strategic innovations only as a last resort, meaning that tactical reform to the International Peace Architecture was slow, reactive, small scale, mainly renovating existing power-structures.

This means that the entire international peace architecture would have to collapse before new modes of thinking about, let's say, expanded forms of peacekeeping, peacebuilding, and mediation involving civil society, bringing local leaders to the table, inclusion, and connecting peace with the different elements of global justice (eg peace’s well-known historical, distributive, gender, racial, and environmental aspects) were implemented in practice. We are seeing this dynamic with the collapse of the LIO and its peacemaking and peacekeeping tools, and their replacement with authoritarian and geopolitical versions (mostly peace-washing in practice). Working within the existing system means producing tactical peacemaking renovations as we saw since 1990. More substantial and preventative innovations would only arise in response to scientific findings when the existing system had failed.

We're now at another moment like this. It's inevitable that any innovations in international order have to begin to take on these new scientific findings because authoritarian conflict management and an Authoritarian International Order (AIO) versions and will also fail —see my recent piece in International Affairs (2025), among others—. Innovations (rather than renovations) may build on the platforms of the past, but they must deal with the radical, structural changes that peace and justice indicate are required. This includes primarily local and subaltern claims for a peace with global justice (ie moving far onwards from the early victor’s peace or liberal peace models), which is a common claim across conflict-affected societies and peace processes across the world. Just as common is how easily they have been ignored, which has, for example, delegitimated the LIO and its version of peace, and will do the same for the AIO. Work on everyday and hybrid peace has begun to sketch out this process, drawing on post-colonial, post-human, environmental, and other critiques.

To summarize these traits very briefly I would say, rather than the victor's peace, and rather than the liberal peace, we would have to respond to the claimants of a global network of often subaltern actors and thinkers, as well as some policymakers, who are highlight this key peace with global justice issues. Peace with global justice represents substantial step forwards from the victor’s peace, or the liberal peace (with its victor’s, institutional, constitutional and civil components (for more on this, see my 2005 book, The Transformation of Peace), with implication for peacemaking, peacekeeping, peacebuilding, peace agreements and design, and other related approaches everywhere. It has these different components: distributive, historical, gender, environmental, racial, and so on.

And at the moment, the complexity of this shift is defeating peace praxis in international order, which is ‘naturally’ inclined to follow geopolitical interests even if they lead to war. The failure of the LIO and of civil society contributions to peace over the last 20 years has created a vacuum, and this is allowing the old morbidities of power relations and violence to move back to the centre of global politics. It's our job as scholars interested in the history and practices of peacemaking to try and translate the experience of the IPA into a new workable system, at local, national and international levels, drawing on this new knowledge about peace, justice, sustainability, and relationality. Perhaps, this can be done while finding a way to transfer them into practice without a collapse of the existing order, fragile as the balance between the LIO and AIO is, with their different and limited support of local political claims especially in the global south. Because in the past, that collapse has been incredibly violent —World War, regional conflict, the amplification of various structural forms of violence and cultural violence, extractive violence, and so on. There is very little space for civil society or social movements in this system either.

We're seeing all of this happening, with these new forms of violence, hybrid, tech warfare, and so on. And we have to respond to that. At the moment, the best we can do is try and map out an intellectual path, which takes account of all of this innovative work that's being done, whether it's from social movements, youth movements, from artists, from civil society, and also, hidden away in different corners of the policy world, as well as scholars, and to bring it into practice. I don't think we've solved the problem of peace, as yet. But key to it all, I think, is dealing with the complexity of a very much more expansive notion of peace that we've seen in the past. A peace which is connected to justice, rather than being connected to victory, or liberal nationhood, as we saw in those previous historical phases.

So, the first thing that it probably means is that we cannot afford to jettison the liberal international order at the moment, as it's the only way of regulating the hegemony of the Global North and the other Great Powers to some degree. Several states in the Global North are trying to escape it, such as the Trump regime in the US. Secondly, we also have to find a way of governing the multipolar, more fragmented order that's emerging. Thirdly, we have to try to create some space to re-amplify these wiser voices that are thinking about ways of pushing violence back to the margins, and even further beyond, taking into account all of these new and much more sophisticated understandings of peace with justice that we have in this modern world.

So, that's a general overview. I could perhaps give some specifics, but one of the key things that we see with the provincial liberal international order and the post-colonial and decolonial challenges towards it, as well as challenges towards its unregulated capital and its tendency to default to extractive behaviour and balance-of-power type political operations, is to continue to foreground the science and scholarship which talks about sustainability, inequality, injustice, representation, communication, contact, and mobility, in a world of networks such as we've never seen before. Until we get to that point we're stuck with an old increasingly authoritarian and revisionist order that will continue to fail, and continue to be violent, bringing on, if you like, its own collapse because of these many contradictions. What we do have to do is build on what worked from the old system and use it to make space for the new thinking, the new practices, and the new possibilities that have emerged.

As you mentioned Ukraine and Gaza, and others, like Sudan and DRC earlier, you will know that there's been an authoritarian convergence between different actors in this multipolar world. There is an authoritarian and revisionist model of peacemaking, which is aimed at rejecting human rights, democracy, and expanded understandings of peace and justice in favour of power and violence. It's a race to the bottom which has to be reversed for local peacemaking, civil society, social movements to prosper. This means the reactivation of the systems supported peacemaking in the past. We clearly need peacekeeping, mediation, contact through diplomacy, but we also need civil society networks, social movements, and so on to be included. We need indigenous claims to be included. In other words, we need new innovations to be added to these peacemaking systems not only for ethical reasons, but for existential ones too. This is urgent.

Think about innovations in terms of connecting peace with different forms of global justice and long-term intergenerational sustainability. This requires a more relational, transversal version of the international. Unless policymakers can engage with this as a platform for rethinking, we're condemned to repeat. There isn't much sign that they're willing to engage with these more complex understandings, and this leads to an old problem that only further war can inoculate us against war, as it were. We need better than this.

Improving the IPA this time around, however, is different to how this process worked in the past, mainly through trial and error in an emergency. We have much more knowledge about peace than in the early 20th Century, say, it's much more global, networked, and more (though far from fully) inclusive. This ‘eirenist’ knowledge, which helps us to rethink post-liberal transitions, is much more solidly grounded, partly through the local turn and a lot of work on local peacemaking. So, we have a much better understanding of the necessary conditions of peacemaking for this new emerging world order, and the one that will inevitably follow after that.

Roberta Maschietto (RM): In some of your recent work, you seem to express a rather pessimistic view about current power structures and the limits of democratic change. Yet in your earlier response, there was a hint of optimism. How do you reconcile these two perspectives? Specifically, how do you understand the contradiction within democracies where, on one hand, there is real potential for collective action and transformative change, but on the other hand, significant segments of civil society continue to support authoritarian or illiberal leaders—whether Bolsonaro in Brazil, Trump in the U.S., Bukele in Central America, or others? What does this tension reveal about the possibilities and limits of democratic politics today?

OR: Many of those populist movements connect with the return and growth of authoritarianism and are based on the rejection of scientific knowledge. You could say this is a sort of anti-Enlightenment movement, but I think a lot of scientific and scholarly knowledge about peace has gone far beyond the Enlightenment today. So, it is also anti civil society and anti-global justice. This ‘counter-revolutionary’ tradition goes right back through history. There's nothing new in the situation that we're in. And there's nothing new in these challenges to peace and non-violence, and indeed, the ancient Greeks and the Romans were also debating them (there was an ancient version of peace studies, apparently). Their response, which stays with us today, was to think about the nature of governance. What kind of governance do you require to push violence away from the centre of politics to delegitimate its utility, for national interests, or for elite interests, for populists, or for global or regional domination? And the reiterated solution to that has been some form of constitutional and representative democracy, international organisation, and a concrete focus on civil and social rights. Such checks and balances from local to global lessen these risks. Yet coalitions have slowly formed over the last 30 years or so to block checks and balances and undermine peaceful politics.

Authoritarian and revisionist notions of ‘peace’ reject liberal constraints on their power and entitlements. Indeed, the liberal model has been heavily diluted since the return of populism (throughout the 20th century we were fighting against populism too). It has been a struggle, and it always will be, because violence-based systems are superficially attractive to the powerful and their constituents. This is why representative democracy (as opposed to populist democracy) emerged in the Classical world, as well as after the revolutions of the industrialising West. The representative part clearly hasn’t been representative enough, however, and state-centricity still underpins peacemaking, limiting its potential in my view. We can see that populist democracies are not conducive to peace, however.

I think for us scholars, and for many people in civil society, there's a mixture of intuition, empathy, and also empirical knowledge about the failings of such exclusionary thinking. There is a debate about whether we think in terms of the tools that we have -constitutional orders, checks and balances, rights-based approaches, the expansion of rights, international law, global cooperation, and, cooperation- to deal with these global problems, and augment them, or reject them and start again. We are at a moment where we have to break taboos about state-centricity and the global hierarchy, but I don’t think that is sensible to go back to multipolarity, 19th Century imperialism, balance of power, or state-centricity as the sole basis for peacemaking. We need new ways of thinking about peace and its links with justice, sustainability, and development. These do exist in the literature, however, and have made their way into UN, donor, and global civil society reporting and doctrine.

You mentioned genocide in Gaza earlier. There are semantic discussions over what this means, here in the UK: ‘is it really a genocide?’ and these sorts of, debates. We do need scholars to stand up for the science. Unfortunately, we have to deal with a revived political battle over the place of, and extent of violence in politics. But the science rejects the centrality of violence, and stands outside of politics, challenging its revisionist, conflict management character. We now have a lot more scientific knowledge about peacemaking and the nature of the peace it may support, about political order, and sustainability, and rights and justice. This is much more advanced than ever before, and there’s a glimmer of light in practice, but the practices of politics according to interests and violence is where the darkness creeps in. These power relations, which the scholarship has been unpacking, are challenged by scientific thinking which offers alternatives. They may eventually have to be adopted when populist and state-centric politics runs out of road.

For a lot of populist thinking, including academic populism, by the way, following power is safer than following science. Following science involves a loss of privilege, status, rank, and redistribution, and long-term policy practices. We're starting to see a picture of deep structural reforms that need to be done in order to get to peace, and it's our job to think about it.

Beyond that, we can't take it upon our shoulders to expect that to change everything very quickly, but we can at least leave it on the record, create archives, make sure people are educated, know where to look to confirm it empirically as well as theoretically. That's our job as educators, and that's where the university should aim, and it should influence policy. All those doors have been closed recently, or pushed a bit further shut than they were, perhaps, at other moments. You’ve probably read Said or Chomsky among others: they dealt with their own traumatic moments in the conduct of politics where violence became central, again, and where they felt that society was slipping backwards. And that the voice of those who wanted a system based on empathy and relationality and cooperation, nonviolence, and, sharing, sustainability was being lost. It's a constant struggle, and we can't be apathetic about it, just because it seems to be difficult. Unfortunately, that's the lot of a scholar.

EARM: Given the recent incident involving the international aid flotilla to Gaza being detained in international waters, what does this episode reveal about the limits of the international system? And more broadly, what lessons does it offer for peace movements and for individuals who try to enact change through everyday practices of peaceful living? In light of these constraints, what can social movements realistically do when such actions are obstructed?

OR: The recent work I did with Sandra Pogodda and Gezim Visoka (2023) on blockages to peace and counter-peace indicated that peacemaking had been captured in many cases over the last decade and more and was pointing towards an international shift away from the UN’s model of peace, towards multipolar authoritarianism. Rights and democracy were being marginalised, as well as human security. Some more recent work that I've carried out with a colleague (Nik Hynek and Michal Senk, 2025) on Trump's so-called peace plan for Gaza, as well as for Ukraine, and also touching upon the earlier Abraham Accords, suggests that what's happening here represents a very stripped-back form of peacemaking (if it can even be called peacemaking). It's more like peace-washing, where powerful actors carve up the spoils and load the costs onto the victims of violence.

This is reversal of the scholarship on peace as well as the insights we have learned over the last century, in particular from social movements and civil society. This strategy is very attractive to authoritarian actors and autocrats (currently gathered in yet another revisionist ‘Security Forum’ in Qatar as I write in December ’25). This means they use the legitimacy of the concept of peace to try disguise the carrot and stick, as it were, to end the violence. But there is very little intention of meeting the political rights claims that are being made on the ground, dealing with the root cause of war, or at least finding a way of mediating very contradictory rights claims that are being made over the same territory, over historical injustice, distributive justice, or the rest of these global justice dimensions. In Gaza and Ukraine, but also in the stalemates and hypocrisies of earlier peacebuilding attempts, this revisionism is on full view. I don’t think what we have seen going on there can be called peacemaking, and until civil society is fully included, along with the justice claims that are being made by the victims of violence, there won’t be a sustainable form of peace.

The scholarship would suggest cognitive dissonance strategies around peacemaking (ie ‘peace washing’) won't work. I think most people in civil society, in social movements, many in the media, and many intellectuals would agree this peace washing camouflages a return to warlordism and oligarchy, which is no basis for a highly complex international political order and for its sustainability.

I think scholars and policymakers have been scared off from talking about the gap between the scholarship and current practices trying to associate themselves with peace but are more akin to war. This is a kind of cogitative debt, created by propaganda from oligarchs, nationalists and authoritarians all around the world who seek to put war back at the centre of politics. There's a kind of self-censoring going on because many are afraid to challenge this (just as was the case in the USSR or GDR), yet that's exactly the wrong thing to do, not only for scholars and activists, but I think also, particularly in terms of knowledge production about peace. Local, every day, and hybrid work on peace, plus social and civil resistance and global networks were on the right track where they opened up questions of political and economic reform, and they should continue to demand structural change. But in my view, they have to build on the existing international peace architecture, because if the multipolar system forces its collapse we will return to a ‘state of nature’: ie continual wars and authoritarianism.

In the West (if it still exists), we have been very slow to translate our knowledge about peacemaking in previous cases in 1990s into what's happened in Syria, and now in Ukraine, Gaza, or with the reactivation of conflicts in Sudan, DRC, and many others. The critical scholarship on peace hasn’t been keeping up but has instead drifted into something of a backwater where the ‘local turn’ has been used for a kind of counter-insurgency for existing regimes of authoritarian- capitalist and geopolitical order rather than global structure reform and the expansion of the IPA. Some scholars are trying to rectify this, of course, and people are starting to mobilize their politico-ethical thinking about peace to apply the kind of lessons that the scholarship has now made available. I think this is precisely the pattern that has slowly built up the international peace architecture throughout history, by the way. Layer after layer of the architecture has been built up as wars destroyed old orders and social knowledge shined through the ruins. It is very important to preserve, development, and disseminate knowledge about peacemaking from wherever it comes, for society, in schools, in state and global institutions, and across global civil society.

We've talked about the conditions for sustainable peace, inclusion in mediation, when peacekeeping is significant, the wider role of civil and social movements, and what it means for state and global reform. The findings of our research points towards the pressing necessity of structural reform, meaning global structural reform. It's become quite challenging because the revisionism associated with multipolarity will undermine local and regional peacemaking everywhere and only reinforce authoritarian power because it supports a victor’s peace, not rights. And I think that this analytical weakness in not critically extending our increased knowledge about peace’s connection with justice— let's also call it laziness — has let the peace-washing framework- which is really a back-to-the-back-to-the-future version of peacemaking- back in. A reluctance to engage with the political consequences of our improved knowledge about peace has led to reactionary and revisionist approaches. Multipolarity has created a vacuum. This authoritarian convergence makes it very difficult to talk about a sustainable peace in Gaza or Ukraine. And our unwillingness to work on these case in the light of the global justice framework, but to work in little segments (everyday, liberal, geopolitical, humanitarian etc), avoiding the transfer of the knowledge we already have, is not helping peace in these cases.

We're seeing 19th century balance of power style diplomacy modified by contemporary oligarchy, in extractive and digital forms, to produce a form of peace which we know cannot work. And to deploy peacemaking tools which are devoid of peace capacity, which really transfers the political burden towards the victims to concede absolutely. It points back to a victor's peace- against our scientific findings. Now, as scholars, we know that can't work and if it does only through coercion, surveillance and violence, just as in any authoritarian and totalitarian example. It would be pretty helpful if our policymakers, who are supposed to want to be informed, would also engage with the scholarship, not just with the flow of power.

That would be my take on these situations. We need to keep working hard to innovate in peacemaking and not become locked into small corners of the debates. We're not reading widely enough or going back far enough. We don't have a historical perspective on the literature, in PCS, fully. We’ve forgotten about the ideological debates. A lot of work is being done which isn't conceptually or politically informed. So, we are having to relearn old lessons, one of which is that Trump’s deals on Ukraine or Gaza are not ‘peace’ and cannot be maintained except through violence.

What we've ended up with is a kind of convergence with authoritarian notions of peace in both the number of stalemates extant, and the blind acceptance of a range of tools which no longer work (perhaps because they're not suitable for the 21st century). They don't respond to the claims that are now being amplified across the world by social networks, civil society and scholarly networks, and also some policy networks focused on rights, law, and democracy. So, we need a bit of a rethink, and we need to be much more active. I don't mean active in a purely in activist sense, but, intellectually, to deal with these conceptual and theoretical debates, and to move on from the 1990s backwater that a lot of the literature has found itself stuck in.

I do see hopeful signs here. I do see a lot of scholars now beginning to engage with these new cases, trying to break out of old silos, and keep peace connected with ethics, not merely with interests, and to go beyond merely descriptiveness. Critical work continues on emancipation, rights, justice, empathy, and all the new things that emerged — relationality, inclusion, not just in the Global North, challenges to capitalism, to state and territorialized forms of sovereignty, to oligarchy. This is starting to coalesce the critical debates, and it is starting to be applied to these ongoing wars. It is still difficult to get such challenging perspectives published, because of an awful lot of gatekeeping, and entrenched and institutional forms of knowledge and methodology, which are blocking it. We have a lot of work to do here, and we need to persevere. We need younger scholars to take up the challenge, we need to give them some space, including PhD students and MA students, to begin to address these sorts of cases, and to come up with innovations. I'm not sure the innovations are going to come from my generation of scholars or policymakers.

I think it's more likely that they're going to come from the new generation of scholars who have looked at the kind of literatures that were produced in IR and PCS in the 60s, 70s, 80s, and 90s, but are able to see it in the context of these hybrid conflicts, these large-scale structural problems that we now face, including the environmental challenge, and the very different conditions of the 2020s. I see work like this starting to filter into the literature.

RM: Your work on the “local turn” in peacebuilding has been deeply influential, including across Latin America. In your recent article “The Use and Misuse of the Local Turn” (2024), you argue that its original emancipatory intent has often been co-opted, depoliticised, and transformed into a technocratic or even counter-insurgency framework. In the current geopolitical landscape —marked by the rise of an Authoritarian International Order— what practical steps could help rescue the local turn in its critical and emancipatory form? How can scholars, policymakers, and local actors re-energize its postcolonial and justice-oriented roots to foster genuinely plural forms of peace formation? Relatedly, in your view, what is the actual potential of local agency and everyday expressions of peace formation to contribute to deeper structural transformation?

OR: With the local turn, Roger McGinty and I (2013) were really just translating what we saw in the wider literature, so it wasn't as though we'd come up with anything particularly new. Other scholars were doing similar things, and many have contributed since, to many to name here, but their contributions are very important. I will just mention two important early influences on my own thinking who had already pointed in the direction of critical, local, everyday, and hybrid peace: AJR Groom and Michael Pugh. I think throughout different cycles of thinking about peace throughout the 20th century different scholars —from John Burton to Elise Boulding, Edward Azar and onwards to John Paul Lederach, of course Johan Galtung also, and many others— have foregrounded the problems of trying to make peace without wide and contextual inclusion. It is important to remember who played a role in the genesis and development of ideas in the field, and why. They pointed to the complexities of trying to make peace without wide inclusion: just as E.P. Thompson, for example, talked about the importance of history from below. What we had, let's say in the 1990s debates, was a curtailment, a kind of cutting off of those very important critical debates, which ran from Marx onwards to the various different critical discussions of the 20th century. The traditional of critical approaches to peace in every era has always tried to make space for debates that were beyond the remit of entrenched power structures and political elites. In fact, many of these scholars were more at home with civil society and social movements and only watched policy from afar, because of the risks of capture.

So the local turn was trying to reframe this critical tradition and update it to respond to the current version of the age-old question of how subaltern actors would make peace, and reform the state and the international after the liberal peace. I think the local turn has been important because it did this for a new generation of scholars but let’s not forget where it came from, who helped us, and why (take a look at the citations in our original article). It was a very exciting moment to be involved with for us, and it has helped us bring into PCS many more scholars from around the world, and a much more global academy interested in peace. As a result, I hope we now have much more empirical understanding and data than we ever had before in the field, a view from below of the workings of peacekeeping and of mediation and diplomacy, as well as the of international system itself. These are necessary for the next phase of ‘future peacemaking’.

The point of that article was to say, not just ‘we need local work’ to understand and include local political claims, but also, ‘how do we use this to think about the necessary structural reconstruction of the international order and of the state’ and of all the things that were already underway at that time, such as UN reform, regionalization, the building up of international law, the recognition of different types of rights in UN conventions., the expansion of inclusion in peacemaking.

What I didn't like about what happened to the local turn critique was though that we have now spent a lot of time looking at local data on peace and mobilizing at the local level, which I think is really important, it has to remained corralled and its implications for peace are truncated. They are disconnected from a challenge to those political structures and order itself. And that, to me, and I've always said this from the very beginning on the interest in the local turn, risked becoming reminiscent of counterinsurgency: state-backed counterinsurgency, or imperial counterinsurgency. This is absolutely not what the local term should have led to.

Most of the work that we see circulating, and it has travelled around the world, does, at some point, try to address policy, the wider political structures, the economy, economic questions, questions of sustainability, however. So inevitably, the local turn’s implications for peacemaking comes up against this ancient question of what type of political order would be more peaceful? How do we design and redesign political order?

For me, this is what the local term was about. Many people read it as being mainly about collecting local data and more inclusion. But those things have to be for a purpose, and the point was to remake the international peace architecture (the subject of my 2022 book with OUP), to give us more sophisticated tools in order to be able to respond to the new political claims that were now suddenly being brought to the table because of greater inclusion.

I think from this point of view it has been a success but could have done more, and I think there's also been a problematic reaction to it which has negated much of that success. We see the kind of reflex of entrenched power systems, whether it's dominant state apparatus, militarism, capitalism, or liberal institutionalism on the global level has been quite reluctant to share the intellectual space and therefore make the structural change that's necessary. It’s not just that we haven’t seen UN or donor reform. The official response we got was really quite passive and discursive rather than material. We haven't seen much movement on international law or rights. Peacekeeping is now more or less defunct. International mediation has been turned into a kind of bargaining process where the victims have to agree to carry the brunt of any kind of deal, or it's been broken into such small pieces that it doesn't address the wider, deeper, and more contextual picture. And this has created a bit of a vacuum for the return of geopolitics, and the return of geoeconomics. This is where the multipolar order seems to be going, and the authoritarian international order it hosts doesn't really seem be a developmental project, and it doesn't seem to be about rights and democracy. In fact, it pushes those away. You often see the early signs of a drift towards authoritarianism when you start to see prescriptions against civil society and social movements being enacted by the state, often with the support of some of the electorate and regional powers such as Russia or China.

So that all of this has to be challenged, but the local turn helped bring it into the open. We know what we are dealing with now and connection peace with global justice I think is widely inferred by the results of the local turn. This time round this type of critical agency is much more informed and globally networked and embedded, and thus much harder to repress or ignore, meaning the reform and restructuring of the international peace architecture will next time around be more in tune with it as a scientific and emancipatory project.

In the previous two decades, we saw increasingly hypocritical and ineffective, Eurocentric, liberal, internationalist-type peacebuilding and state-building practices, which were increasingly not being accountable. The problem was that when they became a bit more accountable, they also became dysfunctional and that problem needs to be solved. This is a starting point for the next phase of peace formation. The liberal peace had some significant advantages over the past approaches, but we need to go a lot further if peace is to become contextually significant. We have seen substantial efforts towards this in conflict-affected societies as in Colombia or Cyprus, and there is a lot to learn here.

RM: Given the resurgence of violence and political disregard for their consequences, what do you believe are the most effective ways to translate the long-standing scholarly knowledge on peace and non-violence into real-world political practice? How can societies, leaders, and institutions work to strengthen peace in a moment when it seems increasingly under threat?

OR: The one key thing about liberalism was that it was an attempt to create a political system where violence was not at the centre but was on the periphery. This was thought dialogue, rights, democracy, law, and institutions aligned along a common set of values and interests. There is a lot to learn from this, but the situation is much more complex now that it was even in 1990. When it was enacted on a global scale after 1990 it was used to address violence in the Global South and to a lesser degree, in the Global North. Security, democracy and human rights, as well as the prospect of a peace dividend were enormously popular in conflict affected countries where liberal peacebuilding was applied. But there was a gap between theory and practice. Can we address this in future? And how? Well, I think through pluralist education, strong support for civil society movements and organisations, and also good leadership (which means keeping warlords and (ethno) nationalists away from power rather than handing it straight back to them).

So we need to engage, with our now far more sophisticated scholarly knowledge about peace, with people on the ground, in civil society and social movements (who are already often persuaded, by the way). We need more sophisticated peace settlement frameworks and peacemaking tools. These are developing at some pace. But we also need to make sure that policymakers know about this work, understand and accept it, as well as understanding more about the risks of enabling violence and its tendency to spread and escalate. At the moment, in world politics, there's a kind of frivolity about violence. Leaders aren't taking its dangers seriously enough and the media is encouraging populations to take risks. As with hate speech, I see that here in the UK that there's a frivolity about the return of nationalism and the kinds of risks that it unleashes, as well as the valorisation of inequality. Well, we academics know that none of this works, and indeed it is prone to serious conflict escalation.

How do we fix this regression? We need to put together a picture of more clarity from the long history of the scholarship that deals with violence and peacemaking all around the world. And we need to disseminate it, taking it to our policymakers and our leaders and taking it out into wider society and trying to disseminate that knowledge. It also needs updating for a far more complex world. These are extremely difficult things to do, but this has always been the work of civil society, social movements, and of scholarship. I don't necessarily think this is going to have the kind of immediate impact many scholars and activists or practitioners want when they ask me questions like this. Indeed, we shouldn't expect immediate impact from this kind of work, which positions peace as relational, transversal, biospherical, intergenerational, justice oriented, and thus requiring radical and long-term structural change. As I mentioned at the start, my long-range observation is that thinking about peacemaking and innovations in peacemaking takes a long time to develop, and it normally comes from the powerless and silent, basically, the subaltern. It only tends to filter into the system very slowly, and sometimes it's taken decades if not hundreds of years.

Peace conceptual and practical movement towards global justice (and away of a victor’s peace and a liberal peace), as I see it at the moment, is under attack, whether it's the liberal peace, or a kind of basic balance of power system, or a more sophisticated social and global peace. It's under attack by the recentring of violence in politics, but also because of the current peace architecture’s many internal contradictions. We have to work on these problems, and I think you know that these intellectual puzzles have been eventually solved in the past, and when they'd been solved the solutions have then trickled up through the system from below and led to change at the top, ultimately. Of course, in terms of translating all of this into actual practice and policy and into political order itself, it has always historically been implausibly difficult and only happened after transitional moments of very intense violence or crisis. Our goal should be to make sure that we can improve peace tools and the formulation of peaceful political order, much closer to global justice, this time without intense transitional violence and crisis. We seem to be failing at this goal though, at present.

So our secondary goal has to be to make sure that we have these scripts prepared, which explain to people how to behave non-violently, what can be done in terms of redesigning the state, and lay the groundwork for the international institutions, law, and global political economy to be reformed. So, we're on the cusp of a vison of ‘future peace’, intellectually and academically: we have a complex range of things we could offer.

What you're asking is, how do we put all this into practice? And in the past, the only way we could do that was through social and civil movements, education, lobbying, advocacy, writing, dissemination, being in the room, practising these methods in our everyday lives, and hoping it would filter upwards into constitutions and institutions, law and democracy. Those in the conference hall, at the grand meetings and the conferences, and active on the local-to-global stage should be aware of the deep and wide history and practices of peacemaking. This is why I wrote my book, Peace: A very short introduction (2014) -to try to help with this dissemination. This is how peacemaking often came into wider practice in the past and at key moments (eg 1919, 145, 1990), I think, shifting from bottom up to top down. It may be different this time, because of the intensely socially networked nature of global dialogue and global politics, in a way which we've never had before in the past.

At the moment, though, the signs are that what we have is intense separation between ethics and power politics as usual. This mediated and negotiated knowledge framework that's emerged around peace and peacemaking, which has been held by scholars and civil society, social movement actors all around the world, are now being kept separate, probably on purpose I think, because it's very challenging to merge these two frameworks. And because peacemaking is always a challenge to elite power where it doesn’t narrowly aim at consolidating it. So that's what we have to work on, and many have tried to achieve this: the ‘local turn’ always claimed it was trying to achieve this through more inclusion, bringing different types of knowledge into the political debate, and to institutionalize both in a post-colonial framework. This is not merely to capture peace (e.g. some sort of ‘peace-washing’), or to co-opt it, but to make sure it's present in its fullest form.

EARM: At recent conferences of the Latin American Council for Peace Research (CLAIP)—the regional branch of the International Peace Research Association (IPRA)—we have witnessed the enormous growth of our discipline in the last few decades. Academics and peace activists have made significant contributions to the epistemological, theoretical, and methodological corpus of Peace Studies, such as the proposals for Transformative and Participatory Peace (Ramos, 2021) and Gendered Peace (Oswald, 2020), among others. What does Latin American academia contribute to the construction of peace with global justice? What lessons can Latin America offer for the challenges facing the construction of emancipatory peace?

OR: I certainly welcome the engagement, and the expansion you mentioned is fabulous. It would have been hard to imagine something of this scale when I was a PhD student rebelling against Realism and looking for an alternative intellectual framework. I know from the perspective of our journal, Peacebuilding, that we have had a lot more submissions from South America than we had previously, which is fantastic. Widening the conceptual and theoretical debates and contributing to the literature is absolutely vital in moving past the provincialism of some previous (and some current) scholarship. We have tended to have a US foreign policy, EU integration approach, post-colonial or post-Soviet successor state focus in various conflicts, around the world, which has distracted from social questions of justice, inequality, and sustainability to a large degree. Obviously, the academy that's interested in peace and conflict research needs to expand. This has so far produced a much richer and much more dynamic set of conceptual and theoretical debates, as well as methodologies. I think there's more work to be done about the kinds of things that we're seeing coming into the literature, which are pushing us to think about peace in more pluriversal rather than universal justice terms, in more relational terms, to bring in sustainability, indigeneity and pastoral ways of being- different life worlds, as well. And also, how we challenge extraction and authoritarianism. In terms of peace and peacemaking, what we've seen over the last 5 or 10 years is a move away from a narrow perspective on an underlying victor’s peace (1945/1990) which was renovated by peace praxis (peacekeeping, mediation, development, even conflict transformation theories) to the bigger structural questions, for which non-western theory is vital.

I would like to point out that many western/ northern scholars have long made the same argument, or at least accepted it, myself included. So, we do need to be careful about seeing the north-south epistemic divide as all pervasive. I am not sure it is the case for critical contributors, to some degree at least. There is at least a strong transversal and transnational global plurilogue and possible agreement across critical thinking relating to peace: that points to local, social, movements, civil society, local ownership, state and economic reform, rights, law, and democracy, and regional and global platforms for accountability, sustainability, and even enforcement are required across a complex and widely diverse political landscape. Peace has a complex circulation which points to global justice. At least this is how I read this potential concurrence, north and south, east, and west in critical terms, which transcends division, polarisation, nationalism, populism, capitalism, and imperialism. Science and scholarship must transcend all of these obstacles to peace and justice, in other words. I think we have a lot to say here, to clarify, and to lay down the groundwork for future peace.

I'm not sure we have enough clarity, though, on the different elements that the different communities of scholars from different places, such as South America, bring to the debates. I think it's not enough to say that Western scholarship is Eurocentric and provincial, and therefore we must ignore it, in the same way that we can't suggest that other academies wrapped up in their own local and regional issues, and we can't engage with them. We need to have a much wider, more open dialogue.

When I think back to the early work that I did (with many others) on the manipulation of international mediation and peacekeeping, the critique of liberal peace, hybrid forms of peace, and then the local turn, and more recently, on blockages, counter-peace, and the authoritarian international order, much of it came through reading early contributions from outside the conservative gate-keeping that dominates Western academies and policy. There was a long tradition of critical praxis I was lucky enough to be able draw on this work, involving scholars, policymakers, and social movements from all over the world. It always highlighted how the categories of state, region, international, west, and north-south, etc, were both fundamental to war and violence in all of its forms, and also contributors to peace in limited forms.

These debates are only going to become more dynamic, I hope, as complexity and inclusion grows. So more of this, dialogue- a plurilogue actually- is necessary, to shape the debates, highlight the limitations of pre-existing debates (which were very Anglo-American, dominated by those specific sets of interests, ideology, biases and limitations methodologically). This is giving us a much richer set of discussions, which I think we could do with clarifying, so that different spheres of debate are not kept separate but instead we learn from each other around these questions of peace. We haven't got to the point of clarity on this yet, but I think that the groundwork has been done. That's a huge step forward.

The next forms of peace that emerge I would say quite possibly won't revolve around the territorial sovereign state or the liberal institution, which are the legacies of Western imperialism. Will they revolve around capitalist extraction or surveillance? It's pretty unlikely because this wouldn’t be broadly legitimate with much of the global population. Even conservative forms of international law or ‘basic’ human rights have only limited legitimacy. Will they revolve around the ability to think and act relationally and intergenerationally? From very different positionalities and life experiences? I think this is more plausible and would be more legitimate. How do we overcome power and structural obstacles to achieve all of this. Let's clarify these big problems and areas, and let's push this work forwards.

EARM:One of the most significant and promising peace processes in the region is the Colombian process. What lessons can we learn from this specific process?

OR: Colombia is a fascinating case which in we've seen a kind of oscillation between being a very predictable, Western- oriented liberal peace process, to a locally driven, hybrid process, and to a stalemate in which many of those elements of liberalism have been lost. Yet the platform for debate and scholarship has been very dynamic. The association between the scholarly search for future peace and social mobilisation for peace is very important. It seems much more dynamic and ‘against the odds’ than the also often tortured peacemaking processes we've seen in the West, such as in Northern Ireland, for example, where dynamism took a long time to arrive and has been very narrowly drawn when it did. In many cases, such as in the Balkans, Sri Lanka, or Cyprus, the peace struggle has been really only kept alive by external donors and small networks around civil society. In Colombia we have seen a much more comprehensive push across much of society. We have a lot to learn from this, its dynamics and its obstacles. We have had a very large volume of articles about peacemaking in Colombia, sent to us by local scholars to publish in the Peacebuilding Journal. Many different angles, and perspectives have been brought to the table, which I think we haven't had from many other cases. It's important to document and clarify peacemaking in Colombia, and to see it in the context of all those other debates. Inevitably, any new peace architecture will have to take all of these things into account in the new, much more complex form of future peace that we should see emerge eventually.

RM:Thank you very much. We would like to end this interview with a space for you to share a final thought with our readers, or send a final message...

OR: Thanks for reading, keep up the good work, and thanks for your contributions to these debates!

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Mac Ginty, R., y Richmond, O. P. (2013). The Local Turn in Peace Building: a critical agenda for peace. Third World Quarterly, 34(5), 763–783. https://doi.org/10.1080/01436597.2013.800750

Oswald, Ú. (2020). Paz y seguridad engendradas, sustentables y culturalmente diversas. Revista Latinoamericana Estudios De La Paz Y El Conflicto, 1(1), 116–142. https://doi.org/10.5377/rlpc.v1i1.9519

Pogodda, S., Richmond, O.P. y Visoka, G. (2023). Counter-peace: From isolated blockages in peace processes to systemic patterns. Review of International Studies, 49(3), 491-512. doi: 10.1017/S0260210522000377

Ramos, E.A. (2021). Transformative and Participative Peace: A Theoretical and Methodological Proposal of Epistemology for Peace and Conflict Studies. En: Oswald Ú. y Günter Brauch, H. (Eds.), Decolonising Conflicts, Security, Peace, Gender, Environment and Development in the Anthropocene (Pp. 187-208). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-030-62316-6

Richmond, O.P. (2005). The transformation of peace. Palgrave Macmillan.

Richmond, O.P. (2014). Failed statebuilding: intervention and the dynamics of peace formation. Yale University Press.

Richmond, O. P. (2014). Peace: A very short introduction. Oxford University Press.

Richmond, O.P. (2022). The grand design: The evolution of the international peace architecture. Oxford University Press.

Richmond, O. P. (2024). The Use and Misuse of the ‘Local Turn’. Millennium: Journal of International Studies, 52(3), 540-565.https://doi.org/10.1177/03058298241265026

Richmond, O. P. (2025) Peace in an authoritarian international order versus peace in the liberal international order. International Affairs, 101(4), 1381–1401.https://doi.org/10.1093/ia/iiaf076

Richmond, O.P. (2026). El desafío crítico de las innovaciones en Peacemaking tras el Orden Internacional Liberal. Estudios de la Paz y el Conflicto, Revista Latinoamericana, 7(13), 166-190. https://doi.org/10.5377/rlpc.v7i13.21293

Richmond, O.P., Hynek, N., y Senk, M. (2025). Ukraine and the End of Peacemaking. The Washington Quarterly, 48(4). https://doi.org/10.1080/0163660X.2025.2595869

Notas de autor

Esteban A. Ramos Muslera es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Valladolid (UVa), Máster en Investigación Participativa para el Desarrollo Local por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y Licenciado en Ciencias Políticas por la misma universidad. Actualmente, es coordinador del Área de Paz del Instituto Universitario en Democracia, Paz y Seguridad (IUDPAS) de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), council member de la InternationalPeace Research Association (IPRA), miembro de la comisión directiva del Consejo Latinoamericano de Investigación para la Paz (CLAIP), y director de la Revista Latinoamericana Estudios de la Paz y el Conflicto. Su contribución al corpus teórico y metodológico de la disciplina de los Estudios de la Paz y el Conflicto se refleja en el enfoque de la Paz Transformadora y en su labor como investigador y activista de la paz y la noviolencia en Colombia y Honduras.
Roberta Holanda Maschietto es investigadora asociada del Centro de Estudios sobre Conflictos y Paz (CCP/NUPRI) de la Universidad de São Paulo y editora asociada de la revista CEBRI-Journal. Tiene un doctorado en Estudios para la Paz por la Universidad de Bradford y fue investigadora posdoctoral en el Centro de Estudios Sociales (CES, Portugal, 2017-2023) y en el Instituto de Políticas Públicas y Relaciones Internacionales (IPPRI/UNESP, 2023-2024). Es autora de Beyond Peacebuilding: The Challenges of Empowerment Promotion in Mozambique (Palgrave Macmillan, 2016) y coeditora de Estudos para a Paz: Conceitos e Debates (UFS, 2019) y Estudos para a Paz: Perspectivas Brasileiras (Blimunda, 2024).
Traducción de la entrevista del inglés al español: Iving Zelaya Perdomo

Información adicional

Cómo citar / citation: Ramos-Muslera, E.A. y Maschietto, R.H. (2026). La paz bajo ataque: entrevista a Oliver Richmond. Peace-washing y recentralización de la violencia en el nuevo Orden Internacional Autoritario. Estudios de la Paz y el Conflicto, Revista Latinoamericana, Volumen 7, Número 13, 191-221. XXXXX violência

Información adicional

redalyc-journal-id: 7621

HTML generado a partir de XML-JATS por